martes, 18 de noviembre de 2014

Lorca en inglés-4

En la ante-antepenúltima parte de Poeta en Nueva York, titulada "VIIntroducción a la muere. Poemas de la soledad en Vermont", el poeta se muestra trágico, con premoniciones de lo macabro. Los poemas se titulan ahora "Muerte", "Nocturno del hueco", "Paisaje con dos tumbas y un perro asirio", "Ruina".

La séptima y antepenúltima parte, titulada "Vuelta a la ciudad", aparece el famoso poema "Nueva York. Oficina y denuncia".

 NEW YORK (OFICINA Y DENUNCIA)
                        A Fernando Vela

Debajo de las multiplicaciones
hay una gota de sangre de pato.
Debajo de las divisiones
hay una gota de sangre de marinero.
Debajo de las sumas, un río de sangre tierna;
un río que viene cantando
por los dormitorios de los arrabales,
y es plata, cemento o brisa
en el alba mentida de New York.
Existen las montañas, lo sé.
Y los anteojos para la sabiduría,
lo sé.  Pero yo no he venido a ver el cielo.
He venido para ver la turbia sangre,
la sangre que lleva las máquinas a las cataratas
y el espíritu a la lengua de la cobra.
Todos los días se matan en New York
cuatro millones de patos,
cinco millones de cerdos,
dos mil palomas para el gusto de los agonizantes,
un millón de vacas,
un millón de corderos
y dos millones de gallos
que dejan los cielos hechos añicos.
Más vale sollozar afilando la navaja
o asesinar a los perros en las alucinantes cacerías
que resistir en la madrugada
los interminables trenes de leche,
los interminables trenes de sangre,
y los trenes de rosas maniatadas
por los comerciantes de perfumes.
Los patos y las palomas
y los cerdos y los corderos
ponen sus gotas de sangre
debajo de las multiplicaciones;
y los terribles alaridos de las vacas estrujadas
llenan de dolor el valle
donde el Hudson se emborracha con aceite.
Yo denuncio a toda la gente
que ignora la otra mitad,
la mitad irredimible
que levanta sus montes de cemento
donde laten los corazones
de los animalitos que se olvidan
y donde caeremos todos
en la última fiesta de los taladros.
Os escupo en la cara.
La otra mitad me escucha
devorando, cantando, volando en su pureza
como los niños en las porterías
que llevan frágiles palitos
a los huecos donde se oxidan
las antenas de los insectos.
No es el infierno, es la calle.
No es la muerte, es la tienda de frutas.
Hay un mundo de ríos quebrados y distancias inasibles
en la patita de ese gato quebrada por el automóvil,
y yo oigo el canto de la lombriz
en el corazón de muchas niñas.
óxido, fermento, tierra estremecida.
Tierra tú mismo que nadas por los números de la oficina.
¿Qué voy a hacer, ordenar los paisajes?
¿Ordenar los amores que luego son fotografías,
que luego son pedazos de madera y bocanadas de sangre?
No, no; yo denuncio,
yo denuncio la conjura
de estas desiertas oficinas
que no radian las agonías,
que borran los programas de la selva,
y me ofrezco a ser comido por las vacas estrujadas
cuando sus gritos llenan el valle
donde el Hudson se emborracha con aceite.

New York (Office and Denunciation)              
                                                To Fernando Vela
     Beneath the multiplications
is a drop of duck’s blood.
Beneath the divisions
is a drop of sailor’s blood.
Beneath the additions, a river of tender blood,
a wending river that sings
past the suburban bedrooms; 
it is silver or concrete or wind
in the false dawn of New York. 
Mountains exist, I know. 
And eyeglasses for wisdom,
I know. But I have not come to see the sky.
I have come to see murky blood, 
blood that carries the machines to the cataracts
and the spirit to the cobra’s tongue.
In New York, every day, 
four million ducks,
five million pigs,
two thousand pigeons, are killed to please the dying, 
one million cows,
one million lambs 
two million roosters 
leave the sky in tatters. 
Better to sob, as you sharpen the blade
or to murder dogs on raving hunts,
than to resist in early morning
those interminable convoys of milk, 
those interminable convoys of blood, 
those convoys of roses handcuffed
by the perfume sellers.
The ducks and pigeons
the pigs and lambs
lay their drops of blood
under the multiplications,
the horrific shrieks of cows wrung dry,
fill the valley with pain
where the Hudson becomes drunk with oil.
           I denounce all
who ignore the other half,
the irredeemable half, 
who raise their mountains of cement
where the hearts 
of small forgotten animals beat
and where all of us will fall
in the final feast of power drills. 
             I spit in your faces. 
The other half are listening
devouring, singing, making off in their purity
like the children of superintendants
carrying tiny brittle sticks
to hollows where insect
antennae are rusting away.
This isn’t hell, it’s the street. 
This isn’t death, it’s the fruit stand.
There is a world of broken rivers and distances out of reach
in the small paw of a cat, shattered by a motorcar,
and I hear the earthworm’s song 
in the hearts of countless young girls.
Rust, ferment, trembling earth.
You yourself are earth, swimming in office numbers.
What do I do?  Rearrange the landscape?
Rearrange loves that will soon just be photographs,
that will soon just be pieces of wood and swigs of blood?
No, no; I denounce– 
I denounce the connivance
of these deserted offices
that will not broadcast the suffering, 
that stamp out the forest’s plans 
and I offer myself as a meal for cows wrung dry
when their cries fill the valley
where the Hudson becomes drunk with oil.
– Translated from the Spanish by Shawkat M. Toorawa

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