Cuenta una leyenda oriental que las personas destinadas a conocerse están conectadas por un hilo rojo.
Para los japoneses, las relaciones
humanas están predestinadas por un hilo rojo que los dioses atan a los
dedos meñiques de aquellos que se encontrarán en la vida.
De acuerdo a
la leyenda, las dos personas conectadas por este hilo tendrán una
historia importante, sin importar el lugar, el tiempo o las
circunstancias.
El hilo rojo se puede enredar, contraer y estirar, como
seguramente a menudo ocurre, pero nunca se puede romper.
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sábado, 25 de noviembre de 2017
viernes, 6 de enero de 2017
La leyenda del hilo rojo ❤
Desde siempre nos han contado que antes de nacer, todos tenemos un destino escrito y que nada en esta vida es casualidad; todo tiene una fecha, una hora y un día. Muchas veces cuestionamos quién es el amor de nuestra vida y cuándo llegará, pero cuenta la leyenda que nosotros ya estamos unidos a una persona, sin importar el país, la distancia o el tiempo.
Hablamos de la leyenda del hilo rojo.
Según esta creencia japonesa, existe un hilo rojo que no podemos ver, pero tiene la capacidad de unir a dos personas diferentes desde los dedos, a lo que ellos le llaman Yuan. Se cree que este hilo conecta a las personas que están destinadas a permanecer juntas el resto de sus vidas, sin importar dónde estén. Puede que este hilo sea totalmente invisible, pero es capaz de resistir la distancia, cualquier obstáculo, nudo o lo que sea, pero es un hecho que siempre mantendrá a esas dos personas unidas.
La leyenda tiene dos variantes:
- En China la cuentan diciendo que el abuelo de la Luna sale cada noche y recorre la Tierra para conocer a los recién nacidos, y entonces les ata el hilo rojo que decidirá su destino.
- En Japón la misma leyenda cuenta que hace muchos años había un emperador que era un niño joven e impaciente que quería conocer a la que iba a ser su futura esposa, esa mujer con la que estaba predestinado a estar, y enterándose de la existencia de una bruja que era capaz de ver los hilos rojos de todas las personas, la mandó llamar y le ordenó que siguiera su hilo hasta el final.
Pasaron los años y, ya en edad de casarse, el emperador buscó esposa y siguió el consejo de sus cortesanos, que le hablaban de una preciosa joven, hija de un general de su ejército. La mandó llamar, y al retirar el velo que le cubría la cara, el emperador quedó impresionado por su belleza, sólo ensombrecida por una fea cicatriz en la frente.
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