Una de las cosas interesantes de leer es que a veces te encuentras textos que te hacen pensar. Leyendo
Historia del mundo, de
Chris Brazier (Barcelona, Intermón-Oxfam, 2007), un breve compendio de los principales sucesos de la humanidad, me he encontrado un breve inserto, titulado "
La Gran Diosa", en donde el autor habla del culto religioso primitivo a la
Gran Madre de Todas las Cosas. Un culto
femenino que, después, las tres religiones del libro, judaísmo, cristianismo e Islam, cambiaron por el Dios padre
masculino.
Porque, claro, si imaginamos las civilizaciones primitivas, cercanas a la naturaleza, el vínculo de la
mujer con la
fecundidad resulta evidente. Ella es la "
madre nutricia", la que da a luz, la que amamanta a los cachorros... ¿Hay algo más sencillo que imaginar que la vida procede de una gran madre, de un
útero cósmico o una
vagina primigenia? Pues nada, nuestra "evolución" nos ha llevado a crear
dioses fálicos y machotudos. Sin embargo, en los cultos antiguos, como el que se rendía a la diosa babilónica
Istar, a la asiria
Anitis o a la
Gaia romana (la madre tierra), las civilizaciones tributaban homenaje a la capacidad
femenina de dar la vida.
El primer golpe de estado de la historia fue el destronamiento de la Gran Madre y su sustitución por unos dioses fálicos y masculinos. Ello tiene que ver también con la evolución de la humanidad. A partir del 6000 a.C. el ser humano necesitó intensificar el rendimiento agrícola. Había que dominar la naturaleza, los hombres empezaron a arar y sembrar. La sociedad se militarizó, se hizo más urbana, más dominada por los hombres y... Bueno, esa historia ya la conocemos, ¿no?
Don Falo pasó a ser el símbolo de la vida y del poder. Y
doña Vagina quedó sometida desde entonces. Una lucha sin cuartel, como la de
don Carnal y
doña Cuaresma, que nos cuenta nuestro a
rcipreste de Hita en el
Libro de Buen Amor.
En la representación de los dioses masculinos, como el
Shiva indú o el
Príapo griego el tamaño sí que importa.
En algunas mitologías antiguas, la historia comienza con una
Gran Madre Creadora que luego ve cómo su
hijo o su
amante gana poder y al final la destrona. Tal como hicieron los gigantes con los dioses del
Olimpo en la mitología griega.
Por ejemplo, en la
mitología babilónica semita el dios-rey
Marduk declara la guerra a
Tiamat, la Madre Universal, y la destruye y crea el mundo con los restos de su cuerpo.
En la
Biblia se invierte la cuestión, pues es la mujer la que nace de una
costilla de Adán (algo difícil de explicar biológicamente: ¿la mujer nace del varón?). Según dice el poeta sueco
Gunnar Ekelöf, el
cristianismo tuvo que aceptar a regañadientes el culto a la madre
María, la
Virgen, que si por los patriarcas hubiera sido... ¡Ni rastro de feminismos, maternidades, fecundidades y cosas parecidas!
Además, en las religiones del libro, en las tres, judía, árabe y cristiana, no solo
Dios es
hombre, sino que también los
profetas lo son. Está claro que, para entonces, la civilización humana ya se había hecho
patriarcal.
¡Ay, si nuestro
Goya hubiera pensado sobre todo esto! A lo mejor, en vez de representar a
Saturno comiéndose a su hijo, hubiera representado a un Macho zampándose a su compañera cual Mantis Religiosa. En fin, cosas del batallar de don Falo y doña Vagina.
Para terminar, este vídeo con un poema de
Mario Benedetti, que nos envía nuestra querida
Ángela Nikopolidis. Benedetti nos habla de un Dios femenino próximo y no distante, al que nos gustaría abrazar y besar y poseer, en lugar de tenerle temor. ¡Hermosa blasfemia!
P.S.: Gracias una vez más, Ángela, estás en todo. Un beso
¿Y si Dios fuera mujer?
pregunta Juan sin inmutarse,
vaya, vaya si Dios fuera mujer
es posible que agnósticos y ateos
no dijéramos no con la cabeza
y dijéramos sí con las entrañas.
Tal vez nos acercáramos a su divina desnudez
para besar sus pies no de bronce,
su pubis no de piedra,
sus pechos no de mármol,
sus labios no de yeso.
Si Dios fuera mujer la abrazaríamos
para arrancarla de su lontananza
y no habría que jurar
hasta que la muerte nos separe
ya que sería inmortal por antonomasia
y en vez de transmitirnos SIDA o pánico
nos contagiaría su inmortalidad.
Si Dios fuera mujer no se instalaría
lejana en el reino de los cielos,
sino que nos aguardaría en el zaguán del infierno,
con sus brazos no cerrados,
su rosa no de plástico
y su amor no de ángeles.
Ay Dios mío, Dios mío
si hasta siempre y desde siempre
fueras una mujer
qué lindo escándalo sería,
qué venturosa, espléndida, imposible,
prodigiosa blasfemia.