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miércoles, 6 de octubre de 2021

"Tortura", crítica pacifista de Voltaire

Voltaire fue un crítico feroz del Antiguo Régimen. Un abogado de la libertad, del republicanismo y la democracia. Era hombre de pluma irónica, de sarcasmo inteligente e infinito, como podemos ver en textos como este: "Tortura", un ataque demoledor contra el Absolutismo

Extraña manera de interrogar a los hombres. Debe su origen al salteador de caminos. Los conquistadores, que fueron los sucesores de tales ladrones, comprendieron que esa finalidad era útil para su interés y la siguieron usando cuando sospechaban que fraguaban contra ellos malévolas intenciones, como, por ejemplo, la de ser libres; deseo que a sus ojos era un crimen de lesa majestad divina y humana.

La Providencia nos tortura algunas veces con el mal de piedra, la gota, el escorbuto, la lepra, la sífilis, la epilepsia y otros verdugos ejecutores de sus venganzas. Y como los primitivos déspotas fueron, según creían sus cortesanos, imágenes de la divinidad, la imitaron en todo lo que pudieron.

El grave magistrado que adquirió con dinero el derecho a hacer estos experimentos en sus prójimos se va a comer con su santa esposa y a contarle, mientras come, lo que ha visto por la mañana. La primera vez que oye ese relato su sensible esposa se encoleriza; la segunda vez ya desea conocer detalles, por aquello de que las mujeres son curiosas, y cuando se acostumbra a las nobles funciones de su marido, al verle entrar en casa pregunta: «¡Oh, querido! ¿Has puesto hoy en el potro a alguien?».

Diccionario filosófico, 1764.

"Guerra", una crítica de Voltaire contra la estupidez humana

Un genealogista prueba que un príncipe desciende en línea directa de un conde cuyos padres habían hecho un pacto de familia, hace 300 ó 400 años, con una casa cuyo recuerdo ni tan siquiera subsiste. Esta casa tenía vagas pretensiones sobre una provincia, cuyo último poseedor murió de apoplejía. El príncipe y su consejo concluyen que esta provincia le pertenece por derecho divino. Esta provincia, a varios cientos de lenguas, protesta que le desconoce, que no tiene ninguna gana de ser gobernada por él; que para dictar leyes a unas gentes hay que tener, al menos, su consentimiento. Estos discursos ni tan siquiera son oídos por el príncipe, cuyo derecho es irrefutable. Encuentra, al punto, un gran número de hombres que no tienen nada que hacer ni que perder. Les viste con un grueso paño azul, pone un ribete a sus sombreros con un grueso hilo blanco, les hace girar a derecha e izquierda, y marcha hacia la gloria.

Los demás príncipes, cuando oyen hablar de esos hombres en armas, toman parte en la empresa, cada uno según su poder.

Pueblos lejanos oyen decir que va a haber lucha, y que se ganan cinco a seis monedas por día si se toma parte en ella. Y van a vender sus servicios a quien quiera comprarlos.

Esas multitudes se encarnizan una contra otra, no solo sin tener ningún interés en el proceso, sino, incluso sin saber de lo que se trata.

Se encuentran a la vez cinco o seis potencias beligerantes: tan pronto tres contra tres, como dos contra cuatro o una contra cinco, detestándose por igual unas y otras, matándose y atacándose una y otra vez, de acuerdo todas en un solo punto: hacer el mayor mal posible. Cada jefe de asesinos hace que se bendigan sus banderas e invoca a Dios solemnemente antes de ir a exterminar a su prójimo.

Cuando ha habido un exterminio de cerca de diez mil, a hierro y fuego, y ha sido destruida una ciudad cualquiera desde sus cimientos, entonces se entona un cántico bastante largo, dividido en cuatro partes, compuesto en una lengua desconocida para todos los que han combatido y, además, llena de barbarismos. El mismo cántico sirve para casamientos, nacimientos y homicidios.

"Fe", la crítica despiadada de Voltaire contra el Papado y el Catolicismo

Lucrecia, hija del papa Alejandro VI, estaba de parto.

—¿Quién crees que es el padre de mi nieto? —preguntó el papa al príncipe Picco de la Mirandola.

En Roma no se sabía si el niño era del santo padre o de su hijo, el duque de Valentinois, o del marido de Lucrecia, Alfonso de Aragón, que pasaba por impotente.

—Yo creo que es vuestro yerno.

— Pero ¿no sabes que un impotente no puede hacerle un hijo a nadie? ¿Cómo puedes creer esa necedad?

—Yo la creo por la fe —dijo Picco—, pues la fe consiste en creer en las cosas porque son imposibles. Además, el honor de vuestra casa exige que el hijo de Lucrecia no pase por ser el fruto de un incesto. Vos me hicisteis creer misterios aún más incomprensibles. ¿No se me exige que esté convencido de que una serpiente habló y que desde entonces todos los hombres están malditos y de que las murallas de Jericó cayeron al son de las trompetas?

—Creo en todo eso como vos —manifestó el Papa—; me doy perfecta cuenta de que tan solo la fe puede salvarme, ya que no mis obras.

—¡Ah!, santo padre — declaró Picco—, vos no necesitáis ni de las obras ni de la fe. Eso es para los pobres profanos como nosotros, pero vos, que sois vice-Dios, podéis creer o hacer lo que os parezca. Tenéis las llaves del cielo y, sin duda, san Pedro no os dará con la puerta en las narices. Pero, por lo que a mí respecta, necesitaría de mayor protección que vos si me hubiera acostado con mi hija.

Alejandro VI tenía respuesta para todo:

—Hablemos seriamente: ¿qué mérito puede tener decirle a Dios que se está persuadido de cosas de las que, en realidad, no se puede estar persuadido? Decir que se cree en lo que no es posible creer es mentir.

Picco de la Mirandola se santiguó.

—¡Ah, Dios mío! —exclamó—, que vuestra santidad me perdone, pero vos no sois cristiano.

—A fe mía que no —dijo el Papa.

"Fábula hindú", una sátira contra el Antiguo Régimen de Voltaire

Adimo, el padre de todos los hindúes, tuvo dos hijos y dos hijas de su mujer Procriti. El mayor era un gigante vigoroso, el menor era un pequeño jorobado, las dos niñas eran bonitas. Desde que el gigante sintió su fuerza, se acostó con sus dos hermanas y se hizo servir por el pequeño jorobado. De sus dos hermanas, una fue su cocinera; la otra, su jardinera. Cuando el gigante quería dormir, empezaba por encadenar a un árbol a su hermano pequeño el jorobado, y cuando este huía, lo alcanzaba de cuatro zancadas y le daba veinte latigazos con nervios de buey.

El jorobado se hizo sumiso y llegó a ser el mejor vasallo del mundo. El gigante, satisfecho de verlo cumplir sus deberes de vasallo, le permitió acostarse con una de sus hermanas, de la que él estaba ya cansado. Los hijos que nacieron de este matrimonio no eran del todo jorobados, pero tenían una figura bastante contrahecha. Se les educó en el temor de Dios y del gigante. Recibieron una excelente educación; se les enseñó que su tío era gigante por derecho divino, que podía hacer de su familia lo que quisiera; que sí tenía una sobrina bonita, o sobrina nieta, sería para él solo sin dificultad, y que nadie podría acostarse con ella si él no quería.

Muerto el gigante, su hijo, que no era ni mucho menos tan fuerte ni tan alto como él, creyó, sin embargo, ser gigante, como su padre, por derecho divino. Pretendió hacer trabajar para él a todos los hombres y acostarse con todas las jóvenes. Su familia formó una coalición contra él, fue derrotado y se constituyó una república.

"El enigma", un minicuento de Voltaire

El enigma

El gran mago planteó esta cuestión:

–¿Cuál es, de todas las cosas del mundo, la más larga y la más corta, la más rápida y la más lenta, la más divisible y la más extensa, la más abandonada y la más añorada, sin la cual nada se puede hacer, devora todo lo que es pequeño y vivifica todo lo que es grande?

Le tocaba hablar a Itobad. Contestó que un hombre como él no entendía nada de enigmas y que era suficiente con haber vencido a golpe de lanza. Unos dijeron que la solución del enigma era la fortuna, otros la tierra, otros la luz. Zadig consideró que era el tiempo.

–Nada es más largo, agregó, ya que es la medida de la eternidad; nada es más breve ya que nunca alcanza para dar fin a nuestros proyectos; nada es más lento para el que espera; nada es más rápido para el que goza. Se extiende hasta lo infinito, y hasta lo infinito se subdivide; todos los hombres le descuidan y lamentan su pérdida; nada se hace sin él; hace olvidar todo lo que es indigno de la posteridad, e inmortaliza las grandes cosas.

domingo, 20 de diciembre de 2020

Una cita de Voltaire sobre la diplomacia

 La diplomacia, compañera de la política, es un mundo de sutilezas y complejidades que a los que no somos del gremio nos resulta difícil de entender.

Hay varias citas inteligentes sobre la diplomacia. Por ejemplo, la que afirma:

"El silencio es el no de los reyes".

O la que asegura:

"La guerra es el fracaso de la diplomacia".

La primera hace alusión a que siempre hay que saber interpretar las palabras (y los silencios) de los poderosos: no solo lo que dicen y cómo lo dicen, sino también lo que callan.

La segunda es valorativa, puesto que aunque ser diplomático suponga andarse con enredos, sutilezas y hasta mentiras, siempre es eso mucho mejor que la violencia desatada que suponen las guerras, cuyas consecuencias son siempre catastróficas. De manera que la diplomacia sería, cuando menos, un mal necesario.

En el mundo de la diplomacia hay algunos nombres que brillan internacionalmente: el primero, es Maquiavelo, autor de El príncipe. El segundo, el autor chino Sun Tze, autor de El arte de la guerra. Y el tercero, el francés Voltaire.

Nicolás Maquiavelo (1469-1527), que fue diplomático representando a su ciudad-estado natal, Florencia, que viajó por muchos países en cumplimiento de las obligaciones de su cargo y que vio muchas cosas en el desempeño del mismo, se hizo famoso porque en su obra defendió la famosa expresión:

"El fin justifica los medios".

 Su tratado El príncipe era un manual "ad usum Delphini", para educar a los futuros gobernantes, y allí deja claro el florentino que, con tal de salirse con la suya, el príncipe está autorizado a hacer lo que sea. Lo importante no es participar, sino ganar. No es de extrañar que sobre el nombre de este autor se haya creado el adjetivo "maquiavélico" para designar a alguien frío, calculador, implacable.

En la línea de Maquiavelo, el autor chino Sun Tze escribió, en el siglo V a. de C.,  un breve manual que ha hecho gran fortuna en el mundo de hoy entre ejecutivos y gobernantes: El arte de la guerra. En esta obra se defiende que hay que observar al enemigo, estudiarlo para, finalmente, aplastarlo. Ganar es lo que cuenta. Todo se sacrifica a ese objetivo.

El astuto Voltaire perteneció al mundo de los privilegiados, de los ilustres ilustrados que formaban parte de la élite dominante. Él también trató con príncipes, cardenales y poderosos del mundo entero. Ferozmente anticlerical, partidario de la democracia, sus obras se caracterizan por su ironía y por su crítica social subversiva, lo que le produjo más de un disgusto. Una de sus frases más famosas es la que dice:

"Cuando un diplomático dice sí, quiere decir «quizá»; cuando dice quizá, quiere decir «no»; si dice no, no es un diplomático."

En fin, como vemos, resulta complejo manejarse en un mundo como el de la diplomacia, que podríamos definir como el dominio de las inteligencias y el diálogo de las poli-interpretaciones.

Y por cierto, Voltaire continuó su cita con un comentario más bien machista, pues sobre el modelo de lo que afirmaba para la diplomacia, estableció un paralelismo con las damas:

"Cuando una dama dice no, quiere decir «quizá»; cuando dice quizá, quiere decir «sí»; si dice sí, no es una dama."

Y es que todos somos hijos de nuestro tiempo, de su ideología y sus prejuicios. Incluso los más listos. Aquí, Voltaire se deja llevar por la larga tradición de literatura misógina, que considera a las mujeres libertinas y volubles, seres débiles, caprichosos e indignos de confianza.

"Aliquando dormitat bonus Homerus".

viernes, 4 de agosto de 2017

Las adivinanzas de Voltaire

Jean François Arouet, conocido universalmente como Voltaire, gran socarrón, filósofo, escritor, intelectual iconoclasta donde los haya, era un gran aficionado a las adivinanzas.

De adivinanzas ya hemos hablado en este blog en algunas ocasiones: la de Edipo, la de la reina de Saba a Salomón, la de Chéjov...

Podéis ver aquí nuestras entradas anteriores:


Copiamos aquí unos fragmentos de "Zadig", cuento oriental de Voltaire:

     "El gran mago propuso primero esta cuestión:
     -¿Cuál es, de todas las cosas del mundo, la más larga y la más corta, la más rauda y la más lenta, la más divisible y la más extensa, la más descuidada y la más lamentada, sin la que nada se puede hacer, que devora todo lo que es pequeño y que vivifica todo lo que es grande? (...)
     Zadig dijo que era el tiempo.
     -Nada es más largo -añadió-, puesto que es la medida de la eternidad; nada es más corto, puesto que falta en todos nuestros proyectos; nada es más lento para quien espera; nada es más rápido para quien lo goza; se extiende hasta el infinito de grande; se divide hasta el infinito de pequeño; todos los hombres lo descuidan, todos lamentan su pérdida; nada se hace sin él, hace olvidar todo lo que es indigno de la posteridad e inmortaliza las cosas grandes.
     La asamblea convino en que Zadig tenía razón.
     Luego preguntaron:
     -¿Cuál es la cosa que se recibe sin agradecer, de la que se goza sin saber cómo, que se da a los otros cuando no se sabe dónde está, y que se pierde sin darse cuenta de ello?
     Cada cual dijo su opinión. Sólo Zadig adivinó que era la vida. Explicó todos los demás enigmas con la misma facilidad."
     (Voltaire, "Zadig", cap. XIX, en Cuentos. Micromegas. Zadig. Cándido. El toro blanco. Trad.: Mauro Armiño. Madrid, Akal, 1983, pp. 116 y 117).

sábado, 11 de abril de 2015

El jardín de Voltaire


Fernando Savater, filósofo y escritor, gran conocedor y admirador de Voltaire, nos recuerda en su artículo "Cultivar nuestro jardín" (El País, martes, 24 de marzo de 2015, p. 37) que igual que hay novelas famosas por su comienzo ("En un lugar de la Mancha", del Quijote o "Llamadme Ismael", de Moby Dick, por ejemplo), otras son universalmente famosas por su final.

Y ese es el caso de Cándido, de Voltaire, donde el famoso "comecuras" francés acaba recomendándonos que cada uno cuidemos de nuestro jardín. La obra es una de las cumbres de la sátira universal, una broma genial de un autor igualmente genial, que aboga por la tolerancia y la inteligencia contra el fanatismo que nos rodea.

El mismo Voltaire tiene una obra teatral titulada Le fanatisme ou Mahomet le prophète, donde critica ferozmente al profeta islámico, no tanto la doctrina, pero sí su uso político, legitimador de coacciones, asesinatos, dictaduras... Voltaire apreció el Corán, libro del que decía que se le achacaban "un sinfín de tonterías que nunca figuraron en él".

Recuerda Savater que, en el artículo "Tolerancia", de su Diccionario Filosófico, ponía Voltaire de ejemplo al Gran Turco, cabeza del Imperio Otomano, como ejemplo de tolerancia en materia de religión, porque decía: "si tenéis dos religiones se degollarán mutuamente, pero si tenéis treinta vivirán en paz".

En fin, que ni los ulemas ni los rabinos ni los curas eran muy apreciados por Voltaire.

Y por ahora, nada más. Que cada uno se dedique a cultivar su jardín.


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