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miércoles, 6 de octubre de 2021

"Fe", la crítica despiadada de Voltaire contra el Papado y el Catolicismo

Lucrecia, hija del papa Alejandro VI, estaba de parto.

—¿Quién crees que es el padre de mi nieto? —preguntó el papa al príncipe Picco de la Mirandola.

En Roma no se sabía si el niño era del santo padre o de su hijo, el duque de Valentinois, o del marido de Lucrecia, Alfonso de Aragón, que pasaba por impotente.

—Yo creo que es vuestro yerno.

— Pero ¿no sabes que un impotente no puede hacerle un hijo a nadie? ¿Cómo puedes creer esa necedad?

—Yo la creo por la fe —dijo Picco—, pues la fe consiste en creer en las cosas porque son imposibles. Además, el honor de vuestra casa exige que el hijo de Lucrecia no pase por ser el fruto de un incesto. Vos me hicisteis creer misterios aún más incomprensibles. ¿No se me exige que esté convencido de que una serpiente habló y que desde entonces todos los hombres están malditos y de que las murallas de Jericó cayeron al son de las trompetas?

—Creo en todo eso como vos —manifestó el Papa—; me doy perfecta cuenta de que tan solo la fe puede salvarme, ya que no mis obras.

—¡Ah!, santo padre — declaró Picco—, vos no necesitáis ni de las obras ni de la fe. Eso es para los pobres profanos como nosotros, pero vos, que sois vice-Dios, podéis creer o hacer lo que os parezca. Tenéis las llaves del cielo y, sin duda, san Pedro no os dará con la puerta en las narices. Pero, por lo que a mí respecta, necesitaría de mayor protección que vos si me hubiera acostado con mi hija.

Alejandro VI tenía respuesta para todo:

—Hablemos seriamente: ¿qué mérito puede tener decirle a Dios que se está persuadido de cosas de las que, en realidad, no se puede estar persuadido? Decir que se cree en lo que no es posible creer es mentir.

Picco de la Mirandola se santiguó.

—¡Ah, Dios mío! —exclamó—, que vuestra santidad me perdone, pero vos no sois cristiano.

—A fe mía que no —dijo el Papa.

"El enigma", un minicuento de Voltaire

El enigma

El gran mago planteó esta cuestión:

–¿Cuál es, de todas las cosas del mundo, la más larga y la más corta, la más rápida y la más lenta, la más divisible y la más extensa, la más abandonada y la más añorada, sin la cual nada se puede hacer, devora todo lo que es pequeño y vivifica todo lo que es grande?

Le tocaba hablar a Itobad. Contestó que un hombre como él no entendía nada de enigmas y que era suficiente con haber vencido a golpe de lanza. Unos dijeron que la solución del enigma era la fortuna, otros la tierra, otros la luz. Zadig consideró que era el tiempo.

–Nada es más largo, agregó, ya que es la medida de la eternidad; nada es más breve ya que nunca alcanza para dar fin a nuestros proyectos; nada es más lento para el que espera; nada es más rápido para el que goza. Se extiende hasta lo infinito, y hasta lo infinito se subdivide; todos los hombres le descuidan y lamentan su pérdida; nada se hace sin él; hace olvidar todo lo que es indigno de la posteridad, e inmortaliza las grandes cosas.

sábado, 12 de agosto de 2017

Sobre los orígenes del laicismo: Marsilio de Padua y Thomas Hobbes

Existe en España un Movimiento hacia un Estado Laico (Mhuel), uno de cuyos socios, Víctor María Moreno Bayona, ha escrito cosas muy interesantes acerca del origen de las concepciones laicas del poder político. Pueden verse en https://laicismo.org/2017/origenes-del-estado-laico/165622, por ejemplo, entre otros lugares.

En primer lugar, laicismo no es anticlericalismo ni ateísmo o irreligiosidad. El laicismo nace con la Revolución francesa y eclosiona con las revoluciones liberales. La Iglesia llegó a considerar al laicismo como "peste de nuestros tiempos", porque lo que pretendía era separar poder civil del religioso y, por supuesto, dar preponderancia al único poder legítimo, que es el del Estado, emanado del pueblo. Es decir, someter a la Iglesia al poder temporal. Algo intolerable.

Desde el punto de vista histórico, Marsilio de Padua (1274-1349), en El defensor de la paz, y Thomas Hobbes (1588-1679), en Leviatán, fueron los primeros pensadores en plantearlo, si bien en sus escritos no usan la palabra "laicismo". La argumentación de estos filósofos es que, haya el régimen que haya, monarquía o república, la comunidad política no surge por revelación divina, sino del pueblo decidido a unirse, lo cual quiere decir que el único principio válido de legislación es el poder civil, no el espiritual. Los curas solo deben enseñar su credo, y eso con permiso del Estado, pero sin pretender que su poder es primario u originario, al mismo nivel del poder político.

La construcción intelectual contraria que defiende la Iglesia es la existencia de dos poderes, uno temporal y otro espiritual. Esta idea partía de san Agustín de Hipona, en su Civitas Dei, Ciudad de Dios, donde pretendía nada menos que entre el poder del Papa y el del Emperador, el del primero tenía preeminencia. Rebajando un poco el tono, Guillermo de Ockham (1285-1347), filósofo nominalista, defendía el dualismo de poderes, pero insistía en la necesidad de una relación amistosa entre los dos poderes, el de la cruz y el de la espada, puestos en pie de igualdad y de legitimidad.

Pero Marsilio y Hobbes atacan este planteamiento y niegan poder a la Iglesia en el gobierno de las ciudades o en la reglamentación de la vida civil.

Marsilio decía que el poder del Papa y los obispos era una usurpación de jursidicción, una invasión de competencias y una insidiosa prevaricación.

Y Hobbes remachaba que el poder de los curas, aunque ellos lo llamen "derecho divino", no procede más que de una usurpación.

En definitiva: no hay que armonizar ambos poderes, sino que solo existe uno, el civil, al que deben supeditarse los demás, incluido el brazo eclesiástico. El fundamento del poder civil no es religioso, sino político. No nace de la revelación divina, sino del pueblo, de la soberanía popular. Los curas no pueden pretender ponerse en pie de igualdad con el Estado, ni mucho menos frenar la legislación civil (por ejemplo, a favor del divorcio, el aborto, la contracepción, los matrimonios mixtos, etc.) cuando esta contraviene sus creencias.

Hobbes y Marsilio concluían que el clero puede constituir un peligro para la paz y que había que controlar el uso que los sacerdotes hacían de la religión, ya que son parte del Estado y deben supeditarse a él.

Y gracias a Víctor María Moreno por la claridad de su exposición sobre el origen del laicismo.