Nuestro antiguo compañero en las tareas docentes del Avempace Manuel Vilas ha publicado un artículo en El País sobre la Generación del 27 que conviene conocer:
Manuel Vilas: "La generación del 27 está en obras"
Mostrando entradas con la etiqueta Manuel Vilas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Manuel Vilas. Mostrar todas las entradas
miércoles, 13 de septiembre de 2017
viernes, 15 de febrero de 2013
San Valentín: the day after
O sea, como se dice en castizo, que "Todos los santos tienen octava". Replay, vamos. Propinilla, anexo, anejo, añadido, apéndice... Como puede verse, nuestra lengua tiene una riqueza léxica incomparable.
Pero a lo que vamos. Dado que ayer fue San Valentín y que pudisteis ver por las paredes del insti un poema "a cachos" de nuestro compi Manuel Vilas, pues aquí tenéis el poema completo y el vídeo de YouTube donde él mismo lo recita
Pero a lo que vamos. Dado que ayer fue San Valentín y que pudisteis ver por las paredes del insti un poema "a cachos" de nuestro compi Manuel Vilas, pues aquí tenéis el poema completo y el vídeo de YouTube donde él mismo lo recita
Amor
Una mañana Manuel Vilas sacó todo su dinero de los bancos.
Fue a las cajas de ahorro, fue a las compañías de seguros,
vendió su coche, anuló su plan de pensiones,
se lo llevó todo en efectivo, un buen fajo de billetes calientes.
Qué bien, dijo, qué fuerte,
y todos los empleados y los directores querían disuadirle
pero Vilas tenía unas ganas infinitas de pasarlo bien.
Y luego se fue a ver enfermos,
a ver emigrantes, incluso se fue a las cárceles.
Quería ser un santo espectacular, tenía esa marcha,
tenía esa gran ilusión.
Quería ser Cristo, Lenin, San Pablo,
quería ir más allá del orden, de la naturaleza y de la vida.
Recorrió la ciudad de Zaragoza repartiendo dinero.
En Conde de Aranda, dío mil euros a tres árabes,
que le besaron los pies, y las manos y se arrodillaron.
Una mañana Manuel Vilas sacó todo su dinero de los bancos.
Fue a las cajas de ahorro, fue a las compañías de seguros,
vendió su coche, anuló su plan de pensiones,
se lo llevó todo en efectivo, un buen fajo de billetes calientes.
Qué bien, dijo, qué fuerte,
y todos los empleados y los directores querían disuadirle
pero Vilas tenía unas ganas infinitas de pasarlo bien.
Y luego se fue a ver enfermos,
a ver emigrantes, incluso se fue a las cárceles.
Quería ser un santo espectacular, tenía esa marcha,
tenía esa gran ilusión.
Quería ser Cristo, Lenin, San Pablo,
quería ir más allá del orden, de la naturaleza y de la vida.
Recorrió la ciudad de Zaragoza repartiendo dinero.
En Conde de Aranda, dío mil euros a tres árabes,
que le besaron los pies, y las manos y se arrodillaron.
(...)
Y Vilas se echó a reir.
Fuego, qué fuego más grande,
y siguió repartiendo, a una vieja china
de un todo cien le dio seiscientos euros,
y la vieja le hizo una foto de diez millones de megapixels
y la amplió y la enmarcó y la colgó
en mitad de su tienda con dos velas debajo.
A un vendedor de La Farola, ese periódico
de los pobres, le dio ochocientos euros.
Y el vendedor se echó a llorar y ardía
como una vela en mitad de las catedrales antiguas.
Vilas quería ser un santo, tenía esa marcha.
Toda la mañana y toda la tarde estuvo quemando su dinero.
Miró la atmósfera y se estaban abriendo los palacios celestiales.
Estaba enamorado de sus semejantes.
Nunca vimos a nadie tan enamorado.
Etiquetas:
Día de san Valentín,
Manuel Vilas,
poema,
poema Amor,
poemas,
poemas de amor,
poesía,
poesía amorosa,
san Valentín
miércoles, 5 de enero de 2011
"Langostinos", de Manuel Vilas
Nuestro compañero Manuel Vilas ha publicado en Heraldo de Aragón una columna muy navideña, que os recomendamos:
¡Que la disfrutéis, letraheridos! ¡Y no os atragantéis con el turrón... ni con los langostinos!
Feliz Año
Más "posts" de / sobre Manuel Vilas en Letr@herida:
Etiquetas:
Aragón,
Avempace,
columnismo,
Manuel Vilas,
periodismo
sábado, 28 de agosto de 2010
Un poema en prosa de Manuel Vilas
Hola, letraheridos. Tras la pausa estival, vamos retomando nuestras tareas, nuestro/vuestro blog entre ellas.
Para ir haciendo boca, comenzamos con un poema en prosa de nuestro compañero Manuel Vilas, profe de Literatura en el "Avempéis", poeta, narrador, articulista de prestigio, conferenciante... De su libro Calor tomamos este texto.
No voy a estar contigo ni un minuto más. Estoy harta de todas tus patadas. He dicho patadas. Y de tus camisas, de lavarlas y de plancharlas. Qué feas son tus desgraciadas camisas, y eso que las elegí yo. No te quiero, me oyes, es que ya no te quiero nada. No me gusta el fútbol ni el tenis ni las novelas de romanos o de extraterrestres o de dragones o de cofres orientales o de lo que sea que te lees por la noche antes de quedarte dormido como un cerdo. ¿Lo oyes bien? No me gusta nada, nada, nada el fútbol. Me parece una cosa monstruosa, el fútbol. No me gusta tu madre, ni tu hermana, ni tus primos. Que te largues. Llevo diez años a tu lado y en diez años no he abierto la boca. No sabes hacer café. No sabes acariciar. No sabes hacer una tortilla. No sabes llamar al fontanero. No sabes tender. No sabes amar. No sabes sonreír. Y me das tanta pena, porque en realidad es que me das pena. Pena. Sí, pena, porque no tienes culpa de nada. Sí, es verdad, sólo sabes poner el despertador y tomarte una cerveza con los amigos después de currar diez horas seguidas (tranquilo, no me tiraría a tus amigos aunque fuesen los últimos falos erectos sobre la tierra porque son tan monstruosos como tú, monstruosidad no culpable si quieres, pero no más que eso). Eres un Nosferatu posindustrial, amado mío. Diez horas trabajando. Llevo diez años oyendo lo de las diez horas. Diez años a diez horas diarias para nada. "Es que mi trabajo es muy importante", dices. Sí, no veas cómo está cambiando el mundo con tu trabajo. Se nota a diario, sí, el cambio del mundo, por tu voluntad trabajadora. Anda, pon el despertador. Ya tienes planchada la camisa. Mañana tienes mucho trabajo, amor mío. Pobre diablo, que ya no se la encuentra, ni siquiera tiene coraje para buscarse una amante. El tonto de mi marido no sabría qué hacer con una amante. Sí, ya sé que estás trayendo mucho dinero a casa, y ahora compraremos muebles nuevos y cambiaremos el coche. Bien. Es maravilloso. Me tiraría al fontanero, al policía municipal que trae las multas que te ponen por no saber aparcar, al vecino del quinto, al del sexto, al del tercero, y tú nunca notarías nada. Nada de nada notarías. Una mesa de madera maciza un Renault Megane y una semana en Cancún. Tu camisa a cuadros, tu cinturón, tu pantalón de tergal y tus mocasines. Anda, amor mío, yo te pongo el despertador, mañana vas a hacer lo mismo que ayer, qué pasión. Trabaja, amor mío, madruga, amor mío. Tu única voluptuosidad: un frasco de Loewe comprado en el dutty free. Y muérete pronto, amor de mi vida. Me gustará verte morir, ay, eso me pondrá cachonda, eso me abrirá la raja desde Ciudad del Cabo hasta Reikiavik. Muérete pronto, pedazo de cabrón, que me jodes la vida a cada instante, a cada instante.
(De Manuel Vilas, Calor, VI Premio de Poesía Fray Luis de León de la Diputación Provincial de Cuenca, Madrid, Visor Libros, 2008, pp. 50-51)
(En el jurado del premio estaba Luis García Montero, quien señaló que "Calor es un libro muy creativo, que apuesta por un nuevo modo de poesía de crítica social donde se toma conciencia de la realidad, donde se critican las costumbres contemporáneas, donde se mezcla el poema en verso libre con el poema en prosa y donde hay un espíritu crítico muy irreverente y que me parece muy fértil")
Para ir haciendo boca, comenzamos con un poema en prosa de nuestro compañero Manuel Vilas, profe de Literatura en el "Avempéis", poeta, narrador, articulista de prestigio, conferenciante... De su libro Calor tomamos este texto.
AMOR MÍO
No voy a estar contigo ni un minuto más. Estoy harta de todas tus patadas. He dicho patadas. Y de tus camisas, de lavarlas y de plancharlas. Qué feas son tus desgraciadas camisas, y eso que las elegí yo. No te quiero, me oyes, es que ya no te quiero nada. No me gusta el fútbol ni el tenis ni las novelas de romanos o de extraterrestres o de dragones o de cofres orientales o de lo que sea que te lees por la noche antes de quedarte dormido como un cerdo. ¿Lo oyes bien? No me gusta nada, nada, nada el fútbol. Me parece una cosa monstruosa, el fútbol. No me gusta tu madre, ni tu hermana, ni tus primos. Que te largues. Llevo diez años a tu lado y en diez años no he abierto la boca. No sabes hacer café. No sabes acariciar. No sabes hacer una tortilla. No sabes llamar al fontanero. No sabes tender. No sabes amar. No sabes sonreír. Y me das tanta pena, porque en realidad es que me das pena. Pena. Sí, pena, porque no tienes culpa de nada. Sí, es verdad, sólo sabes poner el despertador y tomarte una cerveza con los amigos después de currar diez horas seguidas (tranquilo, no me tiraría a tus amigos aunque fuesen los últimos falos erectos sobre la tierra porque son tan monstruosos como tú, monstruosidad no culpable si quieres, pero no más que eso). Eres un Nosferatu posindustrial, amado mío. Diez horas trabajando. Llevo diez años oyendo lo de las diez horas. Diez años a diez horas diarias para nada. "Es que mi trabajo es muy importante", dices. Sí, no veas cómo está cambiando el mundo con tu trabajo. Se nota a diario, sí, el cambio del mundo, por tu voluntad trabajadora. Anda, pon el despertador. Ya tienes planchada la camisa. Mañana tienes mucho trabajo, amor mío. Pobre diablo, que ya no se la encuentra, ni siquiera tiene coraje para buscarse una amante. El tonto de mi marido no sabría qué hacer con una amante. Sí, ya sé que estás trayendo mucho dinero a casa, y ahora compraremos muebles nuevos y cambiaremos el coche. Bien. Es maravilloso. Me tiraría al fontanero, al policía municipal que trae las multas que te ponen por no saber aparcar, al vecino del quinto, al del sexto, al del tercero, y tú nunca notarías nada. Nada de nada notarías. Una mesa de madera maciza un Renault Megane y una semana en Cancún. Tu camisa a cuadros, tu cinturón, tu pantalón de tergal y tus mocasines. Anda, amor mío, yo te pongo el despertador, mañana vas a hacer lo mismo que ayer, qué pasión. Trabaja, amor mío, madruga, amor mío. Tu única voluptuosidad: un frasco de Loewe comprado en el dutty free. Y muérete pronto, amor de mi vida. Me gustará verte morir, ay, eso me pondrá cachonda, eso me abrirá la raja desde Ciudad del Cabo hasta Reikiavik. Muérete pronto, pedazo de cabrón, que me jodes la vida a cada instante, a cada instante.
(De Manuel Vilas, Calor, VI Premio de Poesía Fray Luis de León de la Diputación Provincial de Cuenca, Madrid, Visor Libros, 2008, pp. 50-51)
(En el jurado del premio estaba Luis García Montero, quien señaló que "Calor es un libro muy creativo, que apuesta por un nuevo modo de poesía de crítica social donde se toma conciencia de la realidad, donde se critican las costumbres contemporáneas, donde se mezcla el poema en verso libre con el poema en prosa y donde hay un espíritu crítico muy irreverente y que me parece muy fértil")
Etiquetas:
Avempace,
Manuel Vilas,
poesía,
siglo XX
martes, 8 de junio de 2010
"Caralibro" (Facebook), visto por Manuel Vilas
Nuestro compa Manuel Vilas publicó en marzo de 2010 esta columna sobre Caralibro en Heraldo de Aragón. No te la pierdas.
Etiquetas:
cambio digital,
Facebook,
informática,
internet,
Manuel Vilas,
redes,
TIC
martes, 11 de mayo de 2010
Un poema de Manuel Vilas
Nuestro compi de departamento, Manuel Vilas, es poeta y narrador. Ha escrito muchas cosas y aquí os traemos un poema (que tomamos del blog de José Luis Piquero) muy suyo: heterodoxia, posmodernidad, sentido del humor, ternura...

HU-4091-L
Adiós, hermano mío, la grúa fúnebre te conduce
al infierno del desguace.
Majestuoso, vas hacia la destrucción subido
en una grúa roja,
como si fueses Luis XVI camino de la guillotina,
y yo detrás.
Pareces un rey.
Soy el único que ha venido a tu entierro.
Te he querido.
Rezo por ti un padrenuestro y un avemaría.
Rezo por ti y me conmuevo.
Eras el mejor.
Y lo que vivimos juntos, y las ciudades que pisamos,
y las carreteras secundarias y los pueblos
y los mares que vimos,
y los párquings subterráneos y los túneles helados
de las carreteras de montaña, con afiladas
estalactitas a la entrada,
amenazando nuestra milagrosa inocencia,
y los mendigos en las avenidas,
pidiendo en los semáforos en rojo,
y lo que nos amamos en la oscuridad de las autopistas,
fundidos en un solo ser: confundida tu carne con mi chapa.
Me salvaste de la lluvia ácida y de la nieve sin ángeles.
Con tu aire acondicionado, que está intacto
después de doce años, impediste
que me quemara vivo en los veranos españoles.
Ese aire frío que me subía por la pierna, ay.
Y eras blanco,
porque la santidad y el amor industrial y la velocidad son blancos.
Y cómo me gustaba tocarte las marchas,
y cómo te ponía la quinta, eh, y qué caña te metías,
narciso, que eras un narciso.
Y ahora todo ha acabado.
Doscientos sesenta y ocho mil kilómetros hemos estado juntos.
Fuimos felices.
Fuimos grandes y definitivos.
Te doy un beso delante del chatarrero
y de un negro
que lleva un chorreante radiador en una mano.
Te he amado más que a mis amantes,
más que a mi perro;
casi tanto, pero no tanto, eh, como al dinero.
Bueno, no te enfades,
tú también fuiste dinero,
y aún lo eres,
y yo también soy dinero.
Perdona que te humille haciendo recaer
sobre tu hermosa tapicería,
sobre tus ruedas, manguitos
y válvulas que han gloriosamente ardido,
la miseria de España:
el plan Prever, 400 euros sociales
(¿os molesta que hable de dinero o de tan poco dinero?),
para la clase media,
que ama la limosna.
Tú, que fuiste mi libertad, que me llevaste cerca del paraíso;
tú, que me hablabas por las noches y me decías
“hermano, qué bien conduces; hermano,
eres el mejor de los hombres”.

HU-4091-L
Adiós, hermano mío, la grúa fúnebre te conduce
al infierno del desguace.
Majestuoso, vas hacia la destrucción subido
en una grúa roja,
como si fueses Luis XVI camino de la guillotina,
y yo detrás.
Pareces un rey.
Soy el único que ha venido a tu entierro.
Te he querido.
Rezo por ti un padrenuestro y un avemaría.
Rezo por ti y me conmuevo.
Eras el mejor.
Y lo que vivimos juntos, y las ciudades que pisamos,
y las carreteras secundarias y los pueblos
y los mares que vimos,
y los párquings subterráneos y los túneles helados
de las carreteras de montaña, con afiladas
estalactitas a la entrada,
amenazando nuestra milagrosa inocencia,
y los mendigos en las avenidas,
pidiendo en los semáforos en rojo,
y lo que nos amamos en la oscuridad de las autopistas,
fundidos en un solo ser: confundida tu carne con mi chapa.
Me salvaste de la lluvia ácida y de la nieve sin ángeles.
Con tu aire acondicionado, que está intacto
después de doce años, impediste
que me quemara vivo en los veranos españoles.
Ese aire frío que me subía por la pierna, ay.
Y eras blanco,
porque la santidad y el amor industrial y la velocidad son blancos.
Y cómo me gustaba tocarte las marchas,
y cómo te ponía la quinta, eh, y qué caña te metías,
narciso, que eras un narciso.
Y ahora todo ha acabado.
Doscientos sesenta y ocho mil kilómetros hemos estado juntos.
Fuimos felices.
Fuimos grandes y definitivos.
Te doy un beso delante del chatarrero
y de un negro
que lleva un chorreante radiador en una mano.
Te he amado más que a mis amantes,
más que a mi perro;
casi tanto, pero no tanto, eh, como al dinero.
Bueno, no te enfades,
tú también fuiste dinero,
y aún lo eres,
y yo también soy dinero.
Perdona que te humille haciendo recaer
sobre tu hermosa tapicería,
sobre tus ruedas, manguitos
y válvulas que han gloriosamente ardido,
la miseria de España:
el plan Prever, 400 euros sociales
(¿os molesta que hable de dinero o de tan poco dinero?),
para la clase media,
que ama la limosna.
Tú, que fuiste mi libertad, que me llevaste cerca del paraíso;
tú, que me hablabas por las noches y me decías
“hermano, qué bien conduces; hermano,
eres el mejor de los hombres”.
Etiquetas:
Manuel Vilas,
poesía,
siglo XX,
siglo XXI
Suscribirse a:
Entradas (Atom)