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martes, 30 de diciembre de 2025

Italia: Las palabras prohibidas del fascismo

A través del lenguaje podemos expresar todo lo que sentimos, soñamos, deseamos, odiamos... Por eso el poder político intenta también controlar el lenguaje, porque controlando las palabras podemos influir en los ciudadanos: cómo piensan, cómo sienten, cómo hablan.

Al menos, así pensaba el fascismo italiano en la era de Benito Mussolini, "il Duce".

Acabo de leer un par de libros muy interesantes que dedican unas páginas a esta cuestión. Se trata de una historia de la lengua (Breve storia della lingua italiana, de Claudio Marazzini, Bologna, Il Mulino, 2004) y de una gramática (La lingua italiana, de Maurizio Dardano y Pietro Trifone, Bologna, Zanichelli, 1985), donde se desarrollan los contenidos clásicos de este tipo de obras (el sustantivo y sus clases, el verbo y su conjugación, los adjetivos, los adverbios, etc.) y, además, se incluyen unos insertos enormemente informativos sobre cuestiones de sociolingüística, semántica, etimología...

En esta última obra, en las pp. 155 y 156, los autores nos hablan de cómo el fascismo italiano prohibió unas palabras y encumbró otras: hablar no es un acto neutral, es también toma de partido, hecho lingüístico transido de ideología, un suceso enunciativo que va más allá de la enunciación.

En algunos artículos anteriores de este blog, comentamos el odio que se tiene muy frecuentemente a los extranjeros: la inclinación xenófoba, algo que se refleja -como no podía ser de otro modo- en la lengua. Por ejemplo, se manifiesta en el desprecio por los extranjerismos (forestierismi, en italiano) * (nota 1) y en la defensa de las llamadas actitudes puristas. Los puristas no soportan las palabras importadas y preconizan su sustitución por voces castizas, más conformes al "genio" de la lengua. Quizás cabría recordarles aquellas palabras de Julio Cortázar (Rayuela, cap. 18):

"Pureza. Horrible palabra. Puré, y después za".

Como vemos, la influencia de las lenguas extranjeras en las lenguas nacionales o maternas no es de ahora: en tiempos del Duce, el francés y el inglés hacían notar ya su influencia en la lengua del Dante. Así que don Benito puso en marcha su máquina de prohibir y el parlamento ítalo aprobó el 23 de diciembre de 1940 un decreto ley que vetaba el empleo de palabras extranjeras en los rótulos y letreros comerciales, previendo para los transgresores "l'arresto fino a sei mesi". ¡Nada de bromitas! ¡Con las cosas del comer... (o sea, del hablar) no se juega!

El purismo lingüístico es una actitud que viene de viejo. Ya en el siglo I a. de C. amonestaba la Rhetorica ad Herennium: "Novum verbum novitate offendet", la palabra nueva ofende por su novedad, contamina la "pureza" de la lengua. Esta actitud censora la encontramos también en Varrón, en Cicerón, en Quintiliano, y en muchísimos tratados de Retórica y Gramática de la Edad Media...

Y es que en esto del hablar ha habido siempre, como en otros campos de la vida, una muy marcada tentación de buscar la pureza, la eugenesia, la eufasia. ¡Y pobre de aquél que contradiga al censor, al académico de turno!

En Italia, uno de los puristas con más éxito fue el cardenal Pietro Bembo, quien publicó su Prose delle volgar lingua en 1525, donde ponía reparos al mismísimo Dante. Casi un siglo después, en 1612, la Accademia della Crusca publicó su Vocabolario con la intención de separar las palabras buenas de las malas, así como se separa "la farina della crusca". La Academia dejaba clara su intención en la elección de su propio nombre, en el fondo no tan distinto ni tan distante del lema de la R.A.E.: "Limpia, fija y da esplendor".

En el siglo XVIII, un italiano cabreado por el enorme caudal de étimos franceses que incorporaba el italiano por aquellos días, debido sobre todo al influjo de la Ilustración y a la propagación de las ideas jacobinas, el abate Antonio Cesari (1760-1828), propuso la vuelta al "aureo Trecento", el de Dante, Petrarca y Boccaccio, para solucionar de una vez por todas la llamada "questione linguistica". Por supuesto, para él los galicismos que infestaban su querida lengua materna no eran más que vocablos bastardos, "un bastardume di barbaro e strano linguaggio".

También con el Risorgimento (siglo XIX), se desconfiaba de los forestierismi, palabras de "mala pianta" que revelaban una "mentalità servilistica". Italia luchaba entonces por su independencia y no quería bromas con las palabras: ¿Extranjerismos? No, gracias. Hacen subir el colesterol patrio.

En 1932, el periódico La Tribuna promovió entre sus lectores un concurso que buscaba sustitutos italianos para algunas palabras extranjeras. Algunas propuestas pintorescas fueron la de transformar "bar" en "barra", "bibitario" o "bevitario". O cambiar "dancing" por "balleria" o "danzatorio". O sustituir "tabarin", cabaret o lugar nocturno, por expresiones eufemísticas como "ritrovo notturno" o peyorativas como "puttanambolo". También se propuso sustituir "record" por "primato", algo no demasiado distinto de lo que se hizo en España, donde se propuso "plusmarca" en lugar de "record" o "balompié" en vez de "fútbol".

Llegados al fascismo itálico, la xenofobia lingüística encontró su campo de batalla en la guerra contra el pronombre de cortesía Lei, a cuya difusión en Italia había contribuido en el Cinquecento la dominación española. En 1938, quedó establecido oficialmente que se debía sustituir el Lei tradicional, que sonaba demasiado hispánico, por el "più italiano" voi.

Al grito de "Fuori il barbaro!" se modificaron terminologías y nomenclaturas, aunque la experiencia no tuvo demasiado éxito y poco queda de ella a día de hoy. Hubo, sin embargo, dos sustituciones que sí hicieron fortuna en el italiano moderno, propuestas por el lingüista Bruno Migliorini: "autista" y "regista" en lugar de las francesas "chauffeur" y "régisseur".

A Mussolini en persona le gustaba controlar las palabras que se promocionaban. En 1931, él mismo comunicó con mucha publicidad que había participado "alla vernice (inauguaración) di una mostra", usando el término "vernice" en lugar del galo "vernissage". En 1936, anotó para su secretaria: "In via XXIV Maggio vi è una trattoria bolognese che tiene visibilmente esposto un 'Menu'; dire di togliere il 'menu' e di mettere una 'lista'". ¡En vísperas de la guerra mundial y el Duce encontraba tiempo para su lucha contra los extranjerismos!

Eso sí, Mussolini no fue un purista demasiado escrupuloso. No podía evitar, por ejemplo, su gusto por el gálico "bidet", quizá por la querencia que le tenía a la palabra y/o a su referente en el mundo extralingüístico.

Además, difundió el galicismo "forgiare" en el sentido de "plasmare, educare": "Ho forgiato per sette anni il ferro, ora forgio le anime", afirmó de manera mucho menos patriótica de lo que él mismo sospechaba, dando carta de naturaleza a uno de aquellos extranjerismos que él tanto odiaba. Seguro que algún lingüista avisado se dio cuenta del detalle. Pero, claro, no era plan de decírselo a la cara al bueno de don Benito, famoso por sus arrebatos. No olvidemos, por ejemplo, que hizo primero ministro a su yerno, el conde Galeazzo Ciano, pero luego, en un subidón de adrenalina, lo mandó fusilar.

La política lingüística del fascismo fue decididamente autoritaria, intolerante. Luchó contra los "forestierismi", promovió una italianización obligatoria de la toponimia y de la onomástica, luchó contra los dialectalismos itálicos y soñó con la autarquía cultural. Entre las alternativas itálicas propuestas por el fascismo, encontramos algunas como las siguientes: "giovane esploratore" (por "boy-scout"), "brioscia" (en vez de "brioche"), "rinfresco" o "tavola fredda" (por "buffet"), "malfattore" (y no "gangster"), "fine di pasto" (en lugar de "dessert")... ¡Incluso Churchill y Louis Amstrong vieron sus nombres transformados en "Ciorcil" y "Luigi Braccioforte"!

Dejamos aquí un listado de algunos de los cambios lingüísticos propuestos por el fascismo:


Gracias a mi profesor de italiano, Marco di Domenico, añado aquí la curiosa historia de la palabra "tramezzino", acuñada nada más y nada menos que por una de las glorias nacionales de Italia, el escritor Gabriele d'Annunzio. En 1925, en el Caffè Mulassano de Turín se hizo popular un bocadillito triangular sin corteza  que servía de alternativa a los sandwiches ingleses. Como D'Annunzio era un encendido nacionalista, su patriótico paladar no podía tolerar comerse aquel sandwich, por riquísimo que fuera, sin llamarlo de un modo más conforme al genio del idioma, así que forjó un nombre ítalo de verdad recurriendo al neologismo tramezzino, formado por "tramezzo" (algo que va en el medio), más el sufijo diminutivo "-ino"; el significado final es "pequeño intermedio" (en italiano: "spuntino"). De este modo, D'Annunzio eliminó las malas influencias de la pérfida Albión, tan nocivas para los jugos gástricos, y pudo comer tranquilo su tramezzino, sirviendo a la vez a los intereses de su estómago y de su patria.

En 1930 se ordenó la supresión en las películas de las escenas habladas en lenguas extranjeras. En 1940, como ya dijimos más arriba, se prohibió por decreto-ley usar extranjerismos en la publicidad y en los nombres de las empresas y de las actividades profesionales.

Durante el Ventenio fascista, se promovió en fin una política neopurista que encontró reflejo en una revista oficial como Lingua Nostra (que empezó a publicarse en 1939), donde se buscaban alternativas italianizantes a los étimos extranjeros que se colaban en la lengua nacional. La idea era "cacciando lo straniero", devolver a Italia "quella fierrezza di spiriti e quella forte coscienza di sé, che la fecero grande altra volta", "aquella fiereza de espíritu, aquella fuerte consciencia de sí que la hará grande otra vez".

Por cierto, ¿no les suena eso del "make America great again"? ¿Y lo de llamar "Gulf of America" a lo que toda la vida ha sido el Golfo de México? ¿Sabían que en EE.UU. existe el movimiento "Only English", el cual considera que la única lengua legítima de Norteamérica es el inglés?

Esta política lingüística de corte neoimperialista duró, obviamente, hasta el fin del Ventenio. La nueva República italiana de 1946 pasó pronto la página a aquellos excesos legislativos.

Añado una anécdota de nuestro Mussolini particular, el generalísimo Franco. Dicen que algún munícipe de las Españas, pelotillero él a más no poder, tuvo la idea de erigir una estatua ecuestre a la mayor gloria del dictador. Y para dar más fuste a aquella iniciativa, mandó grabar al pie del monumento una inscripción en latín dedicada al Caudillo. Así que cuando don Francisco vino a la inauguración, descubrió aquella placa, en la que se podía leer:

"Franciscus Francus Bahamontis, miles gloriosus Hispaniae"

Con aquello se quería, por supuesto, honrar a aquel "soldado glorioso de España". El problema es que "miles gloriosus", en latín, significa "soldado fanfarrón" y es uno de los personajes-tipo de las comedias romanas; por ejemplo, es el protagonista de una de Plauto, titulada precisamente así: Miles gloriosus. El "gloriosus" es un fantasmote que alardea de valor y experiencia bélica, pero que, a las primeras de cambio, corre a esconderse debajo de la cama. ¡Como los infantes de Carrión en el Poema de Mío Cid cuando el episodio del león, vamos! El "gloriosus" es, en definitiva, un cazador cazado, el bravucón que queda en evidencia ante los demás.

En verdad, podemos dudar si el "docto" autor de aquella inscripción sabía poco latín... o sabía quizá demasiado. Parece ser que Franco fue informado del asunto por algún asesor entendido en la culta latiniparla; dicen que le hizo gracia la broma y que la consideró error involuntario, así que, en aquella ocasión al menos, no tomó ninguna represalia. Y de este modo, algún anónimo españolito, entre osado y algo ignorante, se libró de pasar una buena temporada a la sombra.

Voy a terminar este artículo con otra anécdota, referida en esta ocasión a Filippo Tommaso Marinetti, vanguardista creador del futurismo ** (nota 2) y poeta de bandera del fascismo. Marinetti admiraba la fanfarria militarista de los camicie neri mussolinianos y, por ello, odiaba la gordura y lo blando; así que emprendió una cruzada contra el símbolo nacional: la pasta. Con un revólver, disparó contra un plato de spaghetti carbonara y recomendó a los italianos más virilidad y menos spaghetti. Marinetti llamaba a la pasta la "absurda religión italiana" y la consideraba una «comida retrógrada y falsamente nutritiva que vuelve al hombre pesado, torpe, escéptico, cansino, pesimista». Es más, en su Manifesto de la cucina futurista, de 1930, propuso un cambio radical de hábitos alimenticios a sus compatriotas:

"La revolución culinaria futurista… tiene el elevado, noble y universalmente conveniente objetivo de cambiar radicalmente los hábitos alimentarios de nuestra raza, fortaleciéndola, dinamizándola y espiritualizándola con nuevas combinaciones de alimentos (...)
     La cocina futurista se liberará de las antiguas obsesiones por el volumen y el peso, y tendrá como uno de sus principios la abolición de la pastasciutta. La pastasciutta, por muy agradable que sea al paladar, es un alimento de paso porque engorda, embrutece, engaña haciéndoles creer [a los italianos] que es nutritiva, los vuelve escépticos, lentos y pesimistas (…)
     [La pasta] es completamente hostil al espíritu vivaz y al alma apasionada, generosa e intuitiva de los napolitanos. Si estas personas han sido luchadores heroicos, artistas inspirados, oradores imponentes, abogados astutos, agricultores tenaces, lo fueron a pesar de su voluminoso plato diario de pasta. Al comerla, desarrollan ese típico escepticismo irónico y sentimental que a menudo puede truncar su entusiasmo."

Como Marinetti era un poeta de moda, poderoso e influyente, hubo quien quiso complacerle. En los años 20, Marinetti organizó una cena futurista en el Hotel Quisisana, de Capri, y como el vate se había pronunciado con tanta fiereza contra la cocina tradicional, el restaurante del hotel hizo figurar en el menú una "insalata caprese", hecha con albahaca, queso mozzarella y tomate ("basilico, mozzarella e pomodoro"), justo los colores de... ¡la bandera nacional italiana!

Las ideas de Marinetti sobre la gastronomía italiana produjeron un gran revuelo nacional hasta que apareció una foto acusadora en la que el poeta aparecía comiendo un gran plato de spaghetti en el ristorante Biffi de Milán. Él se defendió diciendo que aquello era un fotomontaje fabricado por sus enemigos, pero el daño ya estaba hecho y pronto aparecieron unos versos satíricos que muchos chefs ítalos hicieron colgar en las paredes de sus establecimientos:

«Marinetti dice basta,
messa al bando sia la pasta,
poi si scopre Marinetti
che divora gli spaghetti».

Y así, verso por verso, terminamos esta larga entrada. "En el amor y en la guerra vale todo", suele decirse. Y por lo visto, así lo veían los fascistas: vale incluso manipular las palabras. O los spaghetti.

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* nota 1: Puedes leer más información sobre los extranjerismos aquí: "Por así decir: expresiones que se refieren a extranjeros", entrada de Letr@herida, blog de literatura.

** nota 2: Puedes encontrar más información sobre la influencia del futurismo en la Generación del 27 española aquí: "Un poema vanguardista de Pedro Salinas", entrada de Letr@herida, blog de literatura.

 

martes, 12 de enero de 2021

"Camelania espeluficia", de Juan Pérez de Zúñiga

 Entre las poesías raras de la lengua española, esta se lleva la palma. Se trata de un poema en el que hay ritmo poético, pero las palabras no significan nada. Recuerda algunos experimentos lingüísticos del argentino Julio Cortázar, autor de la inmortal Rayuela e inventor del gíglico. un lenguaje en galimatías.

 Y ahora a plantearse cuestiones de morfología: ¿qué categoría tiene "pandurga"?, ¿cómo se conjuga "rememurciar"?, ¿qué estructura es "que encalambrija"?...

El autor de esta distracción, "Camelania espeluficia", puro gongorismo, es Juan Pèrez de Zúñiga (Madrid,1860-1938). Fue también el creador de la pintoresca "Serenata" que así comienza:

"Ahora que los ladros perran- ahora que los cantos gallan- ahora que albando la toca- las altas suenas campanan y que los rebuznos burran y que los jorjéos pájaran- y que los sílbidos suenan- y que los gruños marranan- y que la aurorada rosa- los extensos doras campa perlando líquidas viertas- cual yo lágrimas derraman- yo, friando de tirito- vengo a suspirar mis lanzos- ventano de tus debajas."

 Y hablando de cosas pintorescas, Francisco de Quevedo, que era gran enemigo del culteranismo de Góngora, le dedicó estos sonetos satíricos:

De Francisco de Quevedo y Villegas:

A Góngora

    ¿Qué captas, noturnal, en tus canciones,
Góngora bobo, con crepusculallas,
si cuando anhelas más garcivolallas,
las reptilizas más y subterpones?

Microcósmote Dios de inquiridiones,
y quieres te investiguen por medallas
como priscos, estigmas o antiguallas,
por desitinerar vates tirones.

Tu forasteridad es tan eximia,
que te ha de detractar el que te rumia,
pues ructas viscerable cacoquimia,

farmacofolorando como numia,
si estomacabundancia das tan nimia,
metamorfoseando el arcadumia.

 

Yo te untaré mis obras con tocino
porque no me las muerdas, Gongorilla,
perro de los ingenios de Castilla,
docto en pullas, cual mozo de camino;

apenas hombre, sacerdote indino,
que aprendiste sin cristus la cartilla;
chocarrero de Córdoba y Sevilla,
y en la Corte bufón a lo divino.

¿Por qué censuras tú la lengua griega
siendo sólo rabí de la judía,
cosa que tu nariz aun no lo niega?

No escribas versos más, por vida mía;
aunque aquesto de escribas se te pega,
por tener de sayón la rebeldía.

 

 Este cíclope, no siciliano,
del microcosmo sí, orbe postrero;
esta antípoda faz, cuyo hemisferio
zona divide en término italiano;

este círculo vivo en todo plano;
este que, siendo solamente cero,
le multiplica y parte por entero
todo buen abaquista veneciano;

el minoculo sí, mas ciego vulto;
el resquicio barbado de melenas;
esta cima del vicio y del insulto;

éste, en quien hoy los pedos son sirenas,
éste es el culo, en Góngora y en culto,
que un bujarrón le conociera apenas.

 

 Érase un hombre a una nariz pegado,
érase una nariz superlativa,
érase una nariz sayón y escriba,
érase un peje espada muy barbado.

Era un reloj de sol mal encarado,
érase una alquitara pensativa,
érase un elefante boca arriba,
era Ovidio Nasón más narizado.

Érase un espolón de una galera,
érase una pirámide de Egipto,
las doce Tribus de narices era.

Érase un naricísimo infinito,
muchísimo nariz, nariz tan fiera
que en la cara de Anás fuera delito.

 

Vuestros coplones, cordobés sonado,
sátira de mis prendas y despojos,
en diversos legajos y manojos,
mis servidores me lo han mostrado.

Buenos deben de ser pues han pasado
por tantas manos y por tantos ojos,
aunque mucho me admira en mis enojos
de que cosa tan sucia hayan limpiado.

No los tomé porque temí cortarme
por lo sucio, muy más que por lo agudo;
ni los quise leer por no ensuciarme.

Y así, ya no me espanta el ver que pudo
entrar en mis mojones a inquietarme
un papel de limpieza tan desnudo.

 

 A don Francisco de Quevedo (atribuido)

Cierto poeta, en forma peregrina
cuanto devota, se metió a romero,
con quien pudiera bien todo barbero
lavar la más llagada disciplina.

Era su benditísima esclavina,
en cuanto suya, de un hermoso cuero,
su báculo timón del más zorrero
bajel, que desde el Faro de Cecina

a Brindis, sin hacer agua, navega.
Este sin landre claudicante Roque,
de una venera justamente vano,

que en oro engasta, santa insignia,
aloque, a San Trago camina, donde llega:
que tanto anda el cojo como el sano.

 

 Tantos años y tantos todo el día;
menos hombre, más Dios, Góngora hermano.
No altar, garito sí; poco cristiano,
mucho tahúr; no clérigo, sí arpía.

Alzar, no a Dios, ¡extraña clerecía!,
misal apenas, naipe cotidiano;
sacar lengua y barato, viejo y vano,
son sus misas, no templo y sacristía.

Los que huelen tu musa y sus emplastos
cuando en canas y arrugas te amortajas,
tal epitafio dan a tu locura:

«Yace aquí el capellán del rey de bastos,
que en Córdoba nació, murió en Barajas
y en las Pintas le dieron sepultura.»

 El culteranismo, mal que le pesase a Quevedo, trascendió y tuvo seguidores, incluso allende nuestras fronteras. Por ejemplo, en Perú, lo imitaron Juan de Espinosa y Medrano y Ramón Dolores Pérez (1868-1956).

miércoles, 30 de septiembre de 2020

La importancia de la coma

 

Tomo de Twitter esta foto que habla por sí sola. ¿Con coma o sin coma? Recordemos la frase de Julio Cortázar: "La coma, esa puerta giratoria del sentido".

Pues eso.

miércoles, 28 de diciembre de 2016

El "glíglico" de Julio Cortázar


Julio Cortázar, novelista argentino, autor de Rayuela (1963), experimentalista y renovador genial de la narrativa del siglo XX, escribió algunos fragmentos en "glíglico", un idioma inventado. El más conocido procede del capítulo 68 (previo al 69) de Rayuela, y presenta una escena erótica. El lenguaje intenta transmitir el olvido en que caen los amantes, ajenos a cualquier otra cosa que no sea su propio placer.

"Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente su orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé!* Volposados en la cresta del murelio, se sentía balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias."
Evohé es el grito que soltaban las bacantes o siervas del dios Baco en sus reuniones orgiásticas.


domingo, 25 de diciembre de 2016

Surrealismo y vanguardias poéticas

El surrealismo tiene mucho de juego, de escritura automática. Aunque es un movimiento de inicios del siglo XX, ya existía la tendencia lúdica y experimental en la literatura, antes de los años de vanguardia poética.

Por ejemplo, a Joyce en Finnegan's Wake le gustaba escribir sus famosos thunderclaps, palabras de cien letras (algunas tienen en el medio Humpty-Dumpty, en homenaje a Carroll, el de Alicia en el País de las Maravillas)

En 1920 Tristán Tzara escribió su receta "Pour faire un poème dadaiste", y pedía que cogiéramos un periódico y unas tijeras, que escogiéramos un artículo extenso, cortáramos el título y cada palabra del texto, que lo metiéramos todo en una bolsa y que luego, al azar, fuéramos sacando los términos y "os habréis convertido en escritores de extraordinaria originalidad y de delicada sensibilidad, aunque un poco oscuros".

Carroll había escrito antes, en La caza del Snark:

"Para empezar, un párrafo escriba;
córtelo luego en trozo pequeños;
mézclelos bien y algunos escoja
como al azar cayeron al suelo
porque si en orden quedaran las frases
es lo de menos".

En español hay una larga corriente de ludolingüística. Vinculado al surrealismo estuvo Ramón Gómez de la Serna, con sus greguerías. Y al teatro de humor, Jardiel Poncela, famoso por sus momeciclos. En Argentina, destaca Julio Cortázar con su lenguaje inventado, el glíglico y el famoso fragmento, tomado del capítulo 68 de Rayuela.

Así canta Guillermo Cabrera Infante, en Tres tristes tigres, sus "Borborigma Darii"

"Maniluvios con ocena fosforecen en repiso.
Catacresis repentinas aderezan debeladas
maromillas en que aprietan el orujo y la regona,
y esquirazas de mili rebotinan el amomo.
¿No hay amugro en la cantoña para especciar el gliconio?
Tufararas vipasanas paloteabean el telefio.
La reata de encellado, ¿no enfoscaba el propíleo?
¡Ah, cosetanos bombés que revulsan en limpión!
Tunantada enmohecida se fulmina en la diapente.
Pastinacas de diapreas opositan
el frimario mientras pecas de satirio
afollaban los fosfenos del litófago en embrión.
¡No hay marisma!
Los ibídemes de prasma refocilan
en melindres y a su lado la gumía jaraneaba un notocordio
en trisagios de silbón.
Gurruferos malvaviscos
juntamente en metonimias desancoraban la gubia
para pervertir la espundia y abatanar el cachú.
¡No hagan olas!
Cachondeos poliglotos prefacionan el azur
y amartelan el rehílo de alcatifas en palurdo,
otrosíes de la fullona dorada en el conticinio
¡Vale reis!
¿No entrelinean el dilúculo?
¡Prior pautado!
Volapiés de sonajeros atafagan el boquín
y en las dalas, en las dalas de Gehenna
recurvan los borborigmos de la simonía de abril."

Y así escribe Huidobro en el canto IV de Altazor:

     No hay tiempo que perder
Ya viene la golondrina monotémpora
Trae un acento antípoda de lejanías que se acercan
Viene gondoleando la golondrina
      Al horitaña de la montazonte
La violondrina y el goloncelo
Descolgada esta mañana de la lunala
Se acerca a todo galope
Ya viene la golondrina
Ya viene la golonfina
Ya viene la golontrina
Ya viene la goloncima
Viene la golonchina
Viene la golonclima
Ya viene la golonrima
Ya viene la golonrisa
La golonniña
La golongira
La golonlira
La golonbrisa
La golonchilla
Ya viene la golondíla
Y la noche encoge sus uñas como el leopardo
Ya viene la golontrina
Que tiene un nido en cada uno de los dos calores
Como yo lo tengo en los cuatro horizontes
Ya viene la golonrisa
Y las olas se levantan en la punta de los pies
Viene la golonniña
Y siente un vahído la cabeza de la montaña
Viene la golongira
Y el viento se hace parábola de sílfides en orgía
Se llenan de notas los hilos telefónicos
Se duerme el ocaso con la cabeza escondida
Y el árbol con el pulso afiebrado
Pero el cielo prefiere el rodoñol
Su niño querido el rorreñol
Su flor de alegría el romiñol
Su piel de lágrima el rofañol
Su garganta nocturna el rosoiñol
El rolañol
El rosiñol.

domingo, 4 de octubre de 2015

Enrique Jardiel y sus Momeciclos o Cameloncios


Enrique Jardiel Poncela, hombre de teatro de gran sentido del humor, dejó escrita una obra humorística abundante, en la que destacan títulos como el Libro del convaleciente, de 1939, que comentamos aquí. Su obra tiene que ver con el nonsense, el absurdo, el trampintán... Todo una filología del camelo basada en la vacuidad significativa, pero con apariencia fónica. Toda una lección contra los charlatanes.


Jardiel empezó dedicándose a los aforismos entendidos como definiciones de cosas simples y vulgares desbordando y distorsionando su contenido académico. Por ejemplo:
"BOTE SALVAVIDAS: Lancha que sirve para que los que iban a ahogarse separados se ahoguen juntos."
En el siguiente paso decidió salirse del diccionario e inventar palabras sonoras inexistentes y mezclarlas con otras correctas que volvía incomprensibles; eso sí, con un ritmo desconcertante de efecto humorístico inmediato:
"ILUSIÓN: Dícese ilusión aquel estado de reparaciones en el que aparecen con frecuencia corpúsculos cinegéticos, los cuales sirven de colofón en la risueña concomitancia."
La evolución por esta vía sólo podía llevar al sinsentido, a la invención de un léxico vacío, pero de fonía creíble, al modo de Cortázar. Llamó a esa jerga momeciclo para terminar por referirse a ella como cameloncio. El momeciclo nace y muere con Las dulzuras de Escajolia (Momeciclo en tres partes), donde el propio autor nos presenta el género:
"Por primera vez voy a tener el gusto de brindar a mis lectores un “Momeciclo”, género literario de mi exclusiva invención, en el que se incluyen algunas palabras poco usadas en castellano (…) Espero que esta muestra de Momeciclo, género en que la idiotez, como puede comprobarse, roza varias veces lo genial, sea del agrado de ustedes".
Dos fragmentos de Las dulzuras de Escajolia:

  • "Mil palacios de garraceno esplendor forman la capital del reino, y en ellos, como brifio e cosmas, resaltan los mármoles y pórfidos en que fueron construidos. Verlos desnutre; contemplarlos, cachena."
  • "-¿Quién sois? –dijo.

          -Machuca –repuso el caballero sin nombre.
          -¿Espardifais?
          -Siempre.
          -¿En parfuletes? –insistió el conde.
          -De dos filas, señor –repuso el visitante." 
(Tercera parte de Las dulzuras…)

Otro ejemplo de cameloncio es el encuentro entre momeciclo y lunfardo en la comedia Usted tiene ojos de mujer fatal en la que un personaje recita con seriedad esta letra de tango:
"Fiscalito del Supremoque abocanás el bolichey campeanás el fleticheno me escrupiés el belemono me chalés el milongono me enramés el bailongode los rulos de gotán"

martes, 11 de diciembre de 2012

Unas citas sobre la traducción


El célebre dicho italiano reza "Traduttore, traditore", "Traductor, traidor", y refleja de alguna manera la imposibilidad de una traducción perfecta: siempre hay algún matiz que se escapa, algo que no se puede trasladar de una lengua a otra.

Leyendo una selección de los cuentos de Poe (Cuatro cuentos, KRK Ediciones, Oviedo, 2009, trad. Jaime Priede, pról. Ricardo Menéndez Salmón), me encuentro esta cita del traductor, sobre la célebre traducción que, en 1969, hizo Julio Cortázar de los cuentos de Poe:

"El texto original está fijado para siempre, pero la traducción es dinámica, cambiante como la lengua que la sustenta. El traductor está condenado a ser un perseguidor que nunca alcanza el acorde perfecto."
Y también esta de Andrés Sánchez Robayna:

"Traducir es leer en el más alto grado intelectual y sensible, significa poseer o interiorizar un texto en el nivel que toda obra de arte verbal solicita idealmente".

sábado, 6 de agosto de 2011

El valor de la coma

Es tan insignificante, tan pequeñita, que creemos poder quitarla impunemente. Pero los escritores conocen su verdadero valor. El gran Julio Cortázar escribió:

"La coma, esa puerta giratoria del pensamiento".
Comprobémoslo. Lee esta frase:

"Si el hombre supiera realmente el valor que tiene la mujer andaría a cuatro patas en su búsqueda".
Una mujer probablemente colocaría la coma después de la palabra "mujer". Un varón con toda seguridad la colocaría después de la palabra "tiene".

¿Entiendes ahora a Cortázar? Realmente, una simple coma puede hacer girar todo un pensamiento.

Más ejemplos:


Un minicuento de Julio Cortázar


Sí, en verano tenemos tiempo, pero a lo mejor no tenemos gana... de leer. Así que, para los perezosos, entre chapuzón y chapuzón, en la playa, en la piscina, en la ducha o donde cada cual pueda, un minicuento refrescante, intrigante, alucinante...

"Página asesina" (Julio Cortázar)

En un pueblo de Escocia venden libros con una página en blanco perdida en algún lugar del volumen. Si un lector desemboca en esa página al dar las tres de la tarde, muere.

¿A que no te ha llevado mucho tiempo leerlo, verdad? Pues, nada, si conocer más relatos hiperbreves o si tú mismo/a quieres escribir alguno y enviarlo, aquí estamos.
Un saludo, letr@heridos