En español, como en otras muchas lenguas, tenemos algunas expresiones referidas a extranjeros con un significado especial. Muchas de esas expresiones tienen en otros idiomas el mismo sentido que en español, aunque no en todos. Veamos algunos ejemplos.
En el mundo del hidromasaje, tenemos "baño turco" (o "hammam", del árabe ḥammām, حمام, que significa "baño caliente" o "casa de baños"); así se designa al tradicional baño de vapor húmedo, heredero de las termas romanas, mezcla de higiene, purificación espiritual y socialización. Claro que, como no solo de agua vive el hombre, también se habla de "coger una turca" cuando uno ingiere en demasía ese néctar divino que del cielo nos vino, como diría el poeta.
Volviendo al ámbito del spa y el bienestar hídrico, existe también la "ducha escocesa" (doccia scozzese, en italiano), donde se alternan rápidamente los chorros de agua caliente y fría. Metafóricamente, podemos usar la expresión para referirnos a una situación en la que se suceden con celeridad momentos agradables y desagradables.
En la esfera de las atracciones turísticas, hablamos de "montaña rusa" (montagna russa, en italiano) refiriéndonos a unos coches quasi volantes que descienden y ascienden a toda velocidad haciendo las... delicias (?) de sus ocupantes. Metafóricamente, también nos referimos con esa expresión a un itinerario accidentado, una negociación difícil, etc. ("El acuerdo entre los sindicatos y la patronal sigue siendo una auténtica montaña rusa"). A los rusos también los invocamos para referirnos al "pastel ruso", a la "ensaladilla rusa", a la "ruleta rusa", a las "muñecas rusas" (las célebres matrioskas) y a la "mafia" que, cuando no es "italiana", "siciliana" o "calabresa" (la llamada 'Ndragheta), es "rusa".
En el campo de las artes escénicas, hablamos de "teatro a la italiana" o "de caja italiana" para referirnos a un edificio de uso exclusivo para las representaciones artísticas y con un diseño arquitectónico centrado en la escena y la tramoya artística. Así como el Teatro Principal de nuestra querida Zaragoza, vaya.
A veces, el significado de las expresiones que aluden a extranjeros no coincide en las distintas lenguas. Por ejemplo, en español "hacer el indio" significa "divertirse, hacer tonterías", pero en italiano fare l'indiano alude a la idea de "fingir no comprender", "hacerse el loco", algo que en español solucionamos "haciéndonos los suecos".
Los italianos dicen parlare arabo cuando alguien habla de manera incomprensible. Sin embargo, nosotros la emprendemos con los chinos por la misma razón: "¡Como si me hablases en chino, maño! ¡Háblame en cristiano, hombre!" De esta cultura oriental, nos acordamos también cuando hablamos de las "cajas chinas", de la "tortura china", de las "sombras chinescas" o cuando negamos de manera tajante: "¡Naranjas de la China!", "¡Nanay!", como si encontrar allí un producto tan patrio fuese un quasi imposible ontológico. (Y realmente, lo era: ni se podían encontrar allí naranjas españolas ni las naranjas chinas podían llegar hasta aquí en condiciones aptas para el consumo, dadas las condiciones del transporte en épocas anteriores).
Lo oriental, en principio, resulta lejano y ajeno, chinería y arabesco, algo a la vez exótico e incomprensible. Como lo de hacer "huelga a la japonesa", es decir, trabajar más horas para la empresa como medida de presión. ¡A quién se le ocurre! ¿Tendrá partidarios esa idea en un país que ha puesto a la "huelga" la misma raíz etimológica que a la "holganza" y a "holgarse"? En catalán, "huelga general" se dice "vaga general". En fin, que nuestras huelgas tienen más con el dolce far niente del Bel Paese que con la mentalidad nipona.
En otras ocasiones, las expresiones referidas a extranjeros cambian de nacionalidad aun manteniendo su significado. Verbigracia, "irse a la francesa", to take a French leave, es, en nuestra lengua y en la de Shakespeare, "irse sin despedirse", pero en francés esa expresión se cambia por filer a l'anglaise, de donde pasa al italiano: andarsene o filarsene all'inglese.
A su vez, los vecinos galos usan la expresión faire, bâtir des châteaux en Espagne, "hacer, construir castillos en España", cuando alguien hace "castillos en el aire", "castillos de arena", tiene sueños de grandeza, irreales o utópicos. Así que, si nosotros acusamos a los franceses de tomar las de Villadiego sin decir ni miau, para ellos nosotros no somos más que unos quijotescos soñadores de quimeras. En inglés, sin embargo, se usa una expresión equivalente a la nuestra: to build castles in the air.
Con los franceses, la guerra es total en el ámbito de las tortillas: ¿que nosotros ponemos patata a nuestra "tortilla a la española"? Pues ellos, sin patata: "a la francesa", con un simple huevito batido y ya está.
Los ingleses, en cambio, reivindican su identidad por medio del desayuno: English breakfast or Continental breakfast? Dos maneras de ver el mundo caben en esta sencilla disyuntiva.
En algunos momentos se pueden producir problemas con el copyright o los derechos de copia. Por ejemplo, los americanos llamaron French fries (patatas fritas) a lo que realmente eran Belgian fries porque cuando desembarcaron en Europa durante la Segunda Guerra Mundial no sabían muy bien dónde estaban y como encontraron a unos nativos que hablaban raro y freían papas, pues, ¡hala!, patatoncio a la gabacha. A los belgas, claro, no les sienta demasiado bien esta confusión y siempre reivindican que las chips son suyas y muy suyas.
¡Y eso que el de los norteamericanos solo fue un pequeño despiste geográfico, unos kilometritos de nada! Mucho peor fue lo de Colón, que llamó indios a los nativos del Nuevo Mundo porque pensó que había llegado a las Indias hasta que se enteró de que había encontrado Colombia... Digo... América. ¡Y encima, va Américo Vespucio y le pisa el nombre del nuevo continente!
No es que siempre tengamos la mejor opinión de nuestros vecinos. Por ejemplo, los italianos hablan de fumare como un turco cuando se vapea muchísimo o de bestemmiare come un turco en caso de proferir innúmeras blasfemias cada vez que se abre la boca. En español, en este último caso, no nos metemos con los foráneos, pero sí con algunos castizos trabajadores del solar patrio: "blasfemar como un carretero, como un camionero, como un arriero..." Se ve que que aún hay clases. ¡Y oficios! Y a tan dignos trabajadores los convertimos en... "cabeza de turco", es decir, los hacemos culpables o responsables de algo sin que esté probado que realmente lo sean; en suma, hacemos con ellos lo que los israelitas hacían con los machos cabríos: los convertimos en el chivo expiatorio de nuestros males por medio del odioso mecanismo de la generalización.
Y así, cuando los italianos se refieren a I portoghesi dello stadio, aluden con esa expresión a los espectadores que se cuelan sin pagar, porque los portugueses, ya se sabe...
¡Ay, Dios mío, pero qué poco nos apreciamos los unos a los otros! Nos dejamos guiar por los estereotipos, generalizamos injustamente, nos movemos entre un nacionalismo exacerbado y una xenofobia mal fundamentada. A los extranjeros achacamos todos los males, desde il mal francese o morbo gallico (la sífilis) a la gripe española de 1917 (que produjo unos cuantos millones de muertos). De fuera no puede venir nada bueno. ¡Viva el Concilio de Trento! ¡España, martillo de herejes! ¡Casticismo a machamartillo!
Por fortuna, aún quedan expresiones en todas las lenguas semánticamente más neutras, sin tanta carga de agresividad, como cuando elogiamos la elegancia del diseño italiano, la fiabilidad de la tecnología alemana. O invocamos la chiave inglese ("llave inglesa") o El Corte Inglés (así llamado porque el estilo británico era sinónimo de elegancia). O elogiamos la calidad del "acero toledano" y de las "navajas de Albacete", o il fiammifero svedese (la "cerilla sueca", que por seguridad solo se enciende si es friccionada contra el raspador), il granturco o grano turco ("el maíz", importado de América a través de Oriente), il nasino alla francese ("nariz chata y pequeña", al modo de las elegantes damas francesas), the guinea pig ("conejillo de Indias", llamado "de Guinea" por error geográfico), the turkey ("el pavo", que entraba en el Reino Unido a través de las rutas comerciales turcas)...
O nos compramos un buen "güisqui escocés", nos tomamos unos "calamares" o una "merluza a la romana", un "filete a la milanesa", un "arroz a la cubana"... Con la comida, nos olvidamos hasta de las diferencias regionales. Nada mejor que unos "cogollos de Tudela", una buena ensalada con "tomate rosa de Barbastro", "aceite del Bajo Aragón" y "cebollas de Fuentes de Ebro", un "pulpo a la gallega", una "trucha a la navarra", un "bacalao a la vizcaína", una "fabada asturiana", un "cocido lebaniego", una "paella valenciana", unos "callos a la madrileña" o unas "patatas a la riojana"...
Para reconciliarnos con el mundo, ¡y con nuestros vecinos!, nos bebemos una refrescante "cervecita alemana" o "belga", o una burbujeante "agua de Valencia". O nos tomamos de postre un buen "queso de Burgos" con membrillo, un trozo de "ensaimada mallorquina", unos "melocotones de Calanda" o una rica "crema catalana" con un "café vienés", "irlandés" o "turco", acompañado de unos "palets bretons", unos "sobaos pasiegos", o unas "campurrianas", llegamos a una cita con "puntualidad suiza" y nos compartamos con diplomacia "haciendo el buen francés".
Y aquí lo dejamos por el momento. Nada más. Acabemos inspirados por la rima: esperamos que este artículo haya sido...
"Guay del Paraguay".
Hasta la próxima.
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