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martes, 9 de julio de 2013
Bebidas y cócteles
¿Cuánto tiempo pasamos en el bar durante toda nuestra vida?
La bebida forma parte importante de nuestros hábitos y hay en torno a ella toda una cultura que no hay por qué negarse a conocer.
Piña Colada, Mojito, Cuba Libre son algunos de los cócteles que todo el mundo conoce.
El famoso cocktail Margarita fue inventado por una señora que se llamaba "asín", Margarita Sames, ama de casa mexicana que lo creó en 1908.
Y el cóctel Vodkatini (hecho con vodka y Martini) se hizo popular gracias a James Bond, el famoso 007 de las pelis.
La Diva Marina, La Diva Amélie, La Diva Cassandra... son algunos nombres de vodkas tan exclusivos que cuesta unos miles de euros cada botella.
El ron suele hacerse con melaza, pero en las Antillas francesas usan jugo de caña de azúcar... ¡y no veas la fuerza alcohólica que tiene el dulce!
El oficio de barman se creó en el siglo XIX, cuando se popularizaron los cócteles y se profesionalizó la hostelería.
El célebre Pinau des Charentes, creado en 1589, fue inventado por el error de un viñador de la región francesa de Charentes, pues añadió algo que no debía (mosto de uva) al aguardiente de coñac.
Instrucciones para brindar (plurilingüismo)
En el momento de "l'apéro" o "apéritif", como dicen los franceses, se chocan las copas diciendo: tchin! o À votre santé! (cuando el brindis es más oficial). Por cierto, que el aperitivo, previsto para que sea breve, dura en realidad en las familias francesas una media de 50 minutos. Y es que, hablando hablandito... La costumbre del aperitivo se expandió en Francia en los años 40, gracias a bebidas tan populares como Ricard, que aún hoy siguen vendiéndose la mar de bien.
En Estados Unidos y Gran Bretaña, se dice cheers!
En España, ¡salud! Cuando los españoles decimos algo de "tomar el aperitivo", entendemos que a la bebida le acompañan algunas tapitas o pinchitos. A veces, hasta comemos con las tapas. Pero los franchutes llaman apéritif a la bebida y a los acompañamientos sólidos, -nuestras tapitas-, amuse-gueules, alegra-hocicos. ¡Y tanto!
¡Ah! Y si a los amuse-gueules los llaman zakouskis entonces... es que te has pasado de parada y has acabado en Rusia.
Y si te quieres tomar un Spritz, hasta Venecia has de ir. Un aperitivo compuesto de vino blanco seco o bitter Campari o agua mineral con gas.
En Japón, Kampaï!
En Malta, Sacha!
En Groenlandia, Kasugta!
miércoles, 1 de septiembre de 2010
Vicent: Comer y beber a mi manera
Anécdotas jugosas, observaciones agudas y un estilo personalísmo en cada página que aquí antologamos.
¡A comer!
Juan Mari Arzak junto al premio Nobel (pp. 169-170)
Sucedió en la Zona Rosa de la Ciudad de México, en el restaurante Tezca, una franquicia de Juan Mari Arzak que gobierna el joven cocinero donostiarra Bruno Oteiza. Coincidí allí en una agradable cena con la embajadora española Cristina Barrios, con Gabriel García Márquez, su mujer Mercedes y otros amigos. Juan Mari Arzak vino a sentarse con nosotros al final de la cena e iniciamos una larga tertulia de sobremesa mientras el restaurante repleto al final de la noche se iba vaciando. Nuestra mesa ocupaba un lugar estratégico. Todos los clientes se veían obligados a pasar por delante.
Esa noche ocurrió algo que puso en evidencia que el ser humano le da muchísima más importancia al estómago que al cerebro, cosa que yo había sospechado desde tiempos muy remotos. García Márquez y Arzak estaban sentados uno junto al otro, pero el premio Nobel ocupaba el primer plano cerca del pasillo de salida. Apenas hubo un cliente que antes de abandonar el restaurante no acudiera a nuestra mesa para saludar y felicitar al famoso cocinero. Y para darle un abrazo tenían que hacerlo sobre la espalda del premio Nobel e incluso con algún codazo en la nuca.
—Gracias, Juan Mari. En mi vida he degustado un pichón con cerezas como el de esta noche. No lo olvidaré nunca.
—Me alegro —decía Arzak.
—Enhorabuena, Juan Mari, por esa sopa de ostras con zumo de espinacas y perejil.
Entre los clientes agradecidos y el cocinero se encontraba un premio Nobel al que ninguno de los comensales que salía del restaurante con el estómago agradecido se dignó dirigirle ni siquiera una frase de admiración pese a que la imagen de García Márquez en México es sobradamente conocida.
—¿Cómo has conseguido ese milagro del bogavante con los macarrones de cebollino? —le preguntaba uno.
—¡¡Divinos esos cogollitos!! Volveremos muchas veces para ser felices.
Yo veía a García Márquez cada vez más hundido en una evidente depresión. Ni una palabra, ni una sonrisa, ni una mirada para él. Sin duda pensaba como yo que era más agradecido inventar unos cogollitos gratinados que escribir Cien años de soledad.
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Dedicatoria del libro
"La mejor receta de cocina es esa sensación que los pobres llaman hambre y los ricos, apetito"
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