Para explicar la diversidad lingüistica del mundo, se suele recurrir al mito de Babel que aparece en el Génesis. Los hombres quisieron edificar una torre que llegara hasta el cielo, pero Jehová castigó su osadía confundiéndolos y sembrando la variedad de lenguas, para que ninguno entendiera el habla de su compañero. De esta manera, los hombres se dispersaron y abandonaron su proyecto.
El mito bíblico convierte la diversidad en un problema, en un castigo de Dios, igual que la condena al trabajo fue un castigo contra Adán y Eva por haber quebrado su mandamiento de no comer del Árbol de la Sabiduría.
Hoy día, sin embargo, la multiplicidad se entiende más como riqueza que como problema.
Por otra parte, Jehová es lo mismo que Yahvé o Yehová. La palabra procede del hebreo יְהֹוָה, cuyas letras se leen de derecha a izquierda (como el árabe) y cuya trasliteración en alfabeto latino es YHWH, de donde vienen las latinizaciones correspondientes.
Las lenguas semíticas, tanto el árabe como el hebreo, son lenguas con una débil presencia de las vocales, de ahí que las trasliteraciones varíen en el alfabeto latino: Mahoma-Mohamed, por ejemplo.
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jueves, 15 de agosto de 2019
jueves, 15 de noviembre de 2012
Citas de Borges, Josep Pla y San Agustín
Transcribo aquí una cita de Borges que, a mi vez, he leído en el libro de Xuan Bello La nieve y otros complementos circunstanciales:
CITAS CLANDESTINAS (p. 53)
“Una cita sobre Dios: a Borges le preguntaron si creía en Dios: “Si la palabra Dios significa un ser que vive fuera del tiempo, no estoy muy seguro de creer en él. Pero si significa ese algo nuestro que está de parte de la justicia, entonces sí creo que, a pesar de todos los crímenes, hay un propósito moral en el mundo”.”
Añado dos citas más, una de Josep Pla y otra de San Agustín:
HUMO Y SILENCIO (p. 118)
Añado dos citas más, una de Josep Pla y otra de San Agustín:
HUMO Y SILENCIO (p. 118)
Decía Josep Pla, que en gloria esté, que él fumaba para poner un poco de humo entre él y la existencia tremenda.
LOS SIETE MENSAJEROS (p. 135)
“Sufrir es malo”, aseguraba San Agustín, “pero es bueno haber sufrido”.
lunes, 30 de mayo de 2011
¿Y si Dios fuera mujer?
Una de las cosas interesantes de leer es que a veces te encuentras textos que te hacen pensar. Leyendo Historia del mundo, de Chris Brazier (Barcelona, Intermón-Oxfam, 2007), un breve compendio de los principales sucesos de la humanidad, me he encontrado un breve inserto, titulado "La Gran Diosa", en donde el autor habla del culto religioso primitivo a la Gran Madre de Todas las Cosas. Un culto femenino que, después, las tres religiones del libro, judaísmo, cristianismo e Islam, cambiaron por el Dios padre masculino.
Porque, claro, si imaginamos las civilizaciones primitivas, cercanas a la naturaleza, el vínculo de la mujer con la fecundidad resulta evidente. Ella es la "madre nutricia", la que da a luz, la que amamanta a los cachorros... ¿Hay algo más sencillo que imaginar que la vida procede de una gran madre, de un útero cósmico o una vagina primigenia? Pues nada, nuestra "evolución" nos ha llevado a crear dioses fálicos y machotudos. Sin embargo, en los cultos antiguos, como el que se rendía a la diosa babilónica Istar, a la asiria Anitis o a la Gaia romana (la madre tierra), las civilizaciones tributaban homenaje a la capacidad femenina de dar la vida.
El primer golpe de estado de la historia fue el destronamiento de la Gran Madre y su sustitución por unos dioses fálicos y masculinos. Ello tiene que ver también con la evolución de la humanidad. A partir del 6000 a.C. el ser humano necesitó intensificar el rendimiento agrícola. Había que dominar la naturaleza, los hombres empezaron a arar y sembrar. La sociedad se militarizó, se hizo más urbana, más dominada por los hombres y... Bueno, esa historia ya la conocemos, ¿no?
Don Falo pasó a ser el símbolo de la vida y del poder. Y doña Vagina quedó sometida desde entonces. Una lucha sin cuartel, como la de don Carnal y doña Cuaresma, que nos cuenta nuestro arcipreste de Hita en el Libro de Buen Amor.
En la representación de los dioses masculinos, como el Shiva indú o el Príapo griego el tamaño sí que importa.
En algunas mitologías antiguas, la historia comienza con una Gran Madre Creadora que luego ve cómo su hijo o su amante gana poder y al final la destrona. Tal como hicieron los gigantes con los dioses del Olimpo en la mitología griega.
Por ejemplo, en la mitología babilónica semita el dios-rey Marduk declara la guerra a Tiamat, la Madre Universal, y la destruye y crea el mundo con los restos de su cuerpo.
En la Biblia se invierte la cuestión, pues es la mujer la que nace de una costilla de Adán (algo difícil de explicar biológicamente: ¿la mujer nace del varón?). Según dice el poeta sueco Gunnar Ekelöf, el cristianismo tuvo que aceptar a regañadientes el culto a la madre María, la Virgen, que si por los patriarcas hubiera sido... ¡Ni rastro de feminismos, maternidades, fecundidades y cosas parecidas!
Además, en las religiones del libro, en las tres, judía, árabe y cristiana, no solo Dios es hombre, sino que también los profetas lo son. Está claro que, para entonces, la civilización humana ya se había hecho patriarcal.
¡Ay, si nuestro Goya hubiera pensado sobre todo esto! A lo mejor, en vez de representar a Saturno comiéndose a su hijo, hubiera representado a un Macho zampándose a su compañera cual Mantis Religiosa. En fin, cosas del batallar de don Falo y doña Vagina.
Para terminar, este vídeo con un poema de Mario Benedetti, que nos envía nuestra querida Ángela Nikopolidis. Benedetti nos habla de un Dios femenino próximo y no distante, al que nos gustaría abrazar y besar y poseer, en lugar de tenerle temor. ¡Hermosa blasfemia!
P.S.: Gracias una vez más, Ángela, estás en todo. Un beso
¿Y si Dios fuera mujer?
pregunta Juan sin inmutarse,
vaya, vaya si Dios fuera mujer
es posible que agnósticos y ateos
no dijéramos no con la cabeza
y dijéramos sí con las entrañas.
Tal vez nos acercáramos a su divina desnudez
para besar sus pies no de bronce,
su pubis no de piedra,
sus pechos no de mármol,
sus labios no de yeso.
Si Dios fuera mujer la abrazaríamos
para arrancarla de su lontananza
y no habría que jurar
hasta que la muerte nos separe
ya que sería inmortal por antonomasia
y en vez de transmitirnos SIDA o pánico
nos contagiaría su inmortalidad.
Si Dios fuera mujer no se instalaría
lejana en el reino de los cielos,
sino que nos aguardaría en el zaguán del infierno,
con sus brazos no cerrados,
su rosa no de plástico
y su amor no de ángeles.
Ay Dios mío, Dios mío
si hasta siempre y desde siempre
fueras una mujer
qué lindo escándalo sería,
qué venturosa, espléndida, imposible,
prodigiosa blasfemia.
Porque, claro, si imaginamos las civilizaciones primitivas, cercanas a la naturaleza, el vínculo de la mujer con la fecundidad resulta evidente. Ella es la "madre nutricia", la que da a luz, la que amamanta a los cachorros... ¿Hay algo más sencillo que imaginar que la vida procede de una gran madre, de un útero cósmico o una vagina primigenia? Pues nada, nuestra "evolución" nos ha llevado a crear dioses fálicos y machotudos. Sin embargo, en los cultos antiguos, como el que se rendía a la diosa babilónica Istar, a la asiria Anitis o a la Gaia romana (la madre tierra), las civilizaciones tributaban homenaje a la capacidad femenina de dar la vida.
El primer golpe de estado de la historia fue el destronamiento de la Gran Madre y su sustitución por unos dioses fálicos y masculinos. Ello tiene que ver también con la evolución de la humanidad. A partir del 6000 a.C. el ser humano necesitó intensificar el rendimiento agrícola. Había que dominar la naturaleza, los hombres empezaron a arar y sembrar. La sociedad se militarizó, se hizo más urbana, más dominada por los hombres y... Bueno, esa historia ya la conocemos, ¿no?
Don Falo pasó a ser el símbolo de la vida y del poder. Y doña Vagina quedó sometida desde entonces. Una lucha sin cuartel, como la de don Carnal y doña Cuaresma, que nos cuenta nuestro arcipreste de Hita en el Libro de Buen Amor.
En la representación de los dioses masculinos, como el Shiva indú o el Príapo griego el tamaño sí que importa.
En algunas mitologías antiguas, la historia comienza con una Gran Madre Creadora que luego ve cómo su hijo o su amante gana poder y al final la destrona. Tal como hicieron los gigantes con los dioses del Olimpo en la mitología griega.
Por ejemplo, en la mitología babilónica semita el dios-rey Marduk declara la guerra a Tiamat, la Madre Universal, y la destruye y crea el mundo con los restos de su cuerpo.
En la Biblia se invierte la cuestión, pues es la mujer la que nace de una costilla de Adán (algo difícil de explicar biológicamente: ¿la mujer nace del varón?). Según dice el poeta sueco Gunnar Ekelöf, el cristianismo tuvo que aceptar a regañadientes el culto a la madre María, la Virgen, que si por los patriarcas hubiera sido... ¡Ni rastro de feminismos, maternidades, fecundidades y cosas parecidas!
Además, en las religiones del libro, en las tres, judía, árabe y cristiana, no solo Dios es hombre, sino que también los profetas lo son. Está claro que, para entonces, la civilización humana ya se había hecho patriarcal.
¡Ay, si nuestro Goya hubiera pensado sobre todo esto! A lo mejor, en vez de representar a Saturno comiéndose a su hijo, hubiera representado a un Macho zampándose a su compañera cual Mantis Religiosa. En fin, cosas del batallar de don Falo y doña Vagina.
Para terminar, este vídeo con un poema de Mario Benedetti, que nos envía nuestra querida Ángela Nikopolidis. Benedetti nos habla de un Dios femenino próximo y no distante, al que nos gustaría abrazar y besar y poseer, en lugar de tenerle temor. ¡Hermosa blasfemia!
P.S.: Gracias una vez más, Ángela, estás en todo. Un beso
¿Y si Dios fuera mujer?
pregunta Juan sin inmutarse,
vaya, vaya si Dios fuera mujer
es posible que agnósticos y ateos
no dijéramos no con la cabeza
y dijéramos sí con las entrañas.
Tal vez nos acercáramos a su divina desnudez
para besar sus pies no de bronce,
su pubis no de piedra,
sus pechos no de mármol,
sus labios no de yeso.
Si Dios fuera mujer la abrazaríamos
para arrancarla de su lontananza
y no habría que jurar
hasta que la muerte nos separe
ya que sería inmortal por antonomasia
y en vez de transmitirnos SIDA o pánico
nos contagiaría su inmortalidad.
Si Dios fuera mujer no se instalaría
lejana en el reino de los cielos,
sino que nos aguardaría en el zaguán del infierno,
con sus brazos no cerrados,
su rosa no de plástico
y su amor no de ángeles.
Ay Dios mío, Dios mío
si hasta siempre y desde siempre
fueras una mujer
qué lindo escándalo sería,
qué venturosa, espléndida, imposible,
prodigiosa blasfemia.
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