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lunes, 6 de mayo de 2019

"Salomé" (1905), de Richard Strauss

Richard Strauss compuso esta ópera de tema bíblico en 1905. Se basó en la obra de Oscar Wilde del mismo título.

El tema de Salomé ha dado mucho juego en el arte desde hace siglos, porque tiene mucho potencial: amor, sensualidad, celos...

El rey Herodes quiere que su bella hijastra Salomé baile para él y le promete que le dará todo lo que pida, incluso la mitad de de sus reino. Salomé antes de hacerlo pide ver al hombre que ha encerrado su padrastro, el profeta que acusa a la pareja real de vivir en pecado. Cuando ve a Jokanaán , San Juan Bautista, queda fascinada por él, que se niega siquiera a mirarla. Le fascinan su cuerpo, sus cabellos, su boca. Pero él, que es un hombre santo, no quiere saber nada de ella. Cuando Salomé le dice que quiere besarlo, el dice que jamás lo consentirá.. Pero ella promete con terrible risa: "Besaré tu boca".

Entonces, Salomé baila para su padrastro el rey y sabe bien qué va a pedir a cambio: la cabeza del preso, servida en una bandeja de plata. El rey no quiere hacerlo, porque Jokanaán es un profeta y trae mala suerte matar a un profeta. Pero finalmente accede. Cuando ve que Salomé besa la boca de aquella cabeza decapitada, ordena que la maten a ella también.

Más información:
  • Alcolea, Ana (2018), El maravilloso mundo de la ópera.  Ilustr.: Óscar T. Pérez. Madrid: Anaya.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

"La importancia de llamarse Ernesto" (1895), de Oscar Wilde

Es una de las comedias más famosas e importantes del autor dublinés. Fue estrenada en Londres, el 14 de febrero de 1895, con un éxito absoluto. Pero tras el estreno comenzó la persecución contra el escritor, acusado de sodomía por el marqués de Queensbury.

La historia es, más o menos, la siguiente:

El marqués de Queensbury, el mismo que creó las reglas del boxeo moderno, furioso por las relaciones homosexuales de su hijo Lord Alfred Douglas, Bosie, con Wilde, dejó en el club que frecuentaba el escritor una tarjeta de visita en la que escribió:

“Para Oscar Wilde, que alardea de sodomita”,

seguida de un libelo en el que acusaba al escritor de “actos de gran indecencia con otros hombres”. 

La difamación pública enfadó a Wilde, quien inició un proceso contra el marqués. Pero este contrató a unos detectives que probaron las relaciones homosexuales de Wilde con prostitutos. El marqués fue absuelto y comenzó entonces el proceso contra Wilde, que fue arrestado, declarado culpable y condenado a dos años de trabajos forzados en Pentonville, luego transferido a la cárcel de Reading, cercana a Londres.

Aunque pudo escapar antes de ir a prisión, se dice que Wilde se quedó para evitar a su madre la vergüenza de tener un hijo prófugo.

De acuerdo con su mujer, Constance, cambió su apellido y el de sus hijos por Holland para evitarles la vergüenza de un patronímico caído en vergüenza.

En la cárcel escribió De profundis, una larga carta llena de reproches a su amigo Bosie, y Balada de la cárcel de Reading, que es uno de los poemarios más entrañables de Wilde.

Cuando cumplió su condena, se fue a París, donde vivió solo y pobre en el Hotel d'Alsace, hasta el momento de su muerte, olvidado y abandonado, excepto por unos pocos amigos que le fueron fieles hasta el final. Está enterrado en el cementerio de Père Lachaise.
               
Pero yendo al título de la comedia de Wilde, La importancia de llamarse Ernesto contiene uno de los juegos de palabras más ingeniosos y conocidos del inglés, ya que, en la lengua de Shakespeare el nombre “Ernesto” (Ernest) y el adjetivo “formal” (earnest) se pronuncian igual, así que The importance of being Earnest puede ser entendido por el oyente en cualquiera de los dos sentidos: es importante llamarse Ernesto o ser honesto.

Como este juego de palabras es intraducible en español, algunos traductores han optado por la traducción literal, como Juan Gómez de la Serna, quien titula La importancia de ser formal. En francés se ha intentado la misma solución: De l’importance d’être Constant, cambiando –claro está- el nombre del protagonista. Y lo mismo en italiano: La importanza di essere Franco, ya que “Franco”, además de un nombre, es el adjetivo que significa “sincero”.

Además, Wilde añadió como subtítulo de su obra “Comedia trivial para gente seria”. Y sin duda se trata de un texto lleno de humor, de réplicas y contrarréplicas, de diálogos chispeantes característicos del autor irlandés.

En fin, aunque el marqués de Queensbury ganó su venganza en los tribunales, Wilde ganó sin duda ante la posteridad y ante el público victoriano de su tiempo, pues el estreno fue un clamoroso éxito. Se dice que el marqués intentó entrar en el teatro ese día para sabotear la obra, pero no pudo hacerlo y tuvo que conformarse con enviar a Wilde no el acostumbrado ramo de flores, sino un manojo de hortalizas. El mismo manojo de tomatazos que, desde nuestro “aquí y ahora”, le enviamos nosotros a él por su cerril homofobia.

jueves, 21 de marzo de 2013

Marcel Proust: la frase más larga de la literatura

El novelista francés Marcel Proust (1871-1922) pasa por haber escrito la frase más larga de la literatura en Sodoma y Gomorra, cuarta parte de su heptalogía À la recherche du temps perdu, En busca del tiempo perdido. En este volumen Proust hablo mucho de la homosexualidad y en la frase que vamos a transcribir late de fondo el tremendo proceso judicial contra el escritor irlandés Oscar Wilde, a quien la "justicia" británica condenó por sodomía y pederastia a dos años de trabajos forzados. Proust conoció personalmente a Wilde cuando este viajó a París, y vio con horror una sentencia que castigaba, pura y simplemente, la diferencia sexual, el derecho a la disidencia y a la libertad personal.

Esta es la frase. ¿Cortecica, no?
   “Sin honra, como no sea en precario, sin libertad no siendo provisional, hasta el descubrimiento del crimen; sin una posición que no sea inestable, como el poeta agasajado la víspera en todos los salones, aplaudido en todos los teatros de Londres, expulsado a la mañana siguiente de todos los hoteleros sin poder encontrar una almohada en donde descansar la cabeza, dando vueltas a la piedra de molino como Sansón y diciendo como él: “Los dos sexos morirán cada uno por su lado”; excluidos, inclusive, salvo en los días de gran infortunio, en que la mayoría se apiña en torno a la víctima, como los judíos en torno a Dreyfus, de la simpatía a veces de la sociedad de sus semejantes, a quienes dan la repugnancia de ver lo que son, pintado en un espejo que, al no adularles ya, acusa todas las lacras que no habían querido observar en sí mismos y les hace comprender que lo que llamaban su amor (y a lo que, jugando con el vocablo, hablan anexionado, por sentido social, cuanto la poesía, la pintura, la música, la caballería, el ascetismo, han podido añadir al amor) dimana, no de un ideal de belleza que hayan elegido ellos, sino de una enfermedad incurable; como los judíos, también (salvo algunos que no quieren tratar sino a los de su misma casta, tienen siempre en los labios las palabras rituales y las bromas consagradas), huyendo unos de otros, buscando a los que son más opuestos a ellos, que no quieren nada con ellos, perdonando sus Sofiones, embriagándose con sus complacencias, pero unidos asimismo a sus semejantes por el ostracismo que les hiere, por el oprobio en que han caído, habiendo acabado por adquirir, por obra de una persecución semejante a la de Israel, los caracteres físicos y morales de una raza, a veces hermosos, espantosos a menudo, encontrando (a pesar de las burlas con que el que, más mezclado, mejor asimilado a la raza adversa es relativamente, en apariencia, el menos invertido, abruma al que ha seguido siéndolo más) un descanso en el trato de sus semejantes, y hasta un apoyo en su existencia, hasta el punto de que, aun negando que sean una raza (cuyo nombre es la mayor injuria), los que consiguen ocultar que pertenecen a ella los desenmascararán gustosos, no tanto por hacerles daño, cosa que no detestan, como por excusarse, y yendo a buscar, como un médico busca la apendicitis la inversión hasta en la Historia, hallando un placer en recordar que Sócrates era uno de ellos, como dicen de Jesús los israelitas, sin pensar que no había anormales cuando la homosexualidad era la norma, ni anticristianos antes de Cristo, que sólo el oprobio hace el crimen, puesto que no ha dejado subsistir sino a aquellos que eran refractarios a toda predicación, a todo ejemplo, a todo castigo, en virtud de una disposición innata hasta tal punto especifica que repugna a los otros hombres más (aun cuando pueda ir acompañada de altas cualidades morales) que ciertos vicios que se contradicen, como el robo, la crueldad, la mala fe, mejor comprendidos y por ende más disculpados por el común de los hombres, formando una francmasonería mucho más extensa, más eficaz y menos sospechada que la de las logias, ya que descansa en una identidad de gustos, de necesidades, de hábitos, de peligros, de aprendizaje, de saber, de tráfico, de glosario, y en la que los mismos miembros, que no desean conocerse, se reconocen inmediatamente por signos naturales o de convención, involuntarios o deliberados, que indican al mendigo uno de sus semejantes en el gran señor a quien cierra la portezuela del coche, al padre en el novio de su hija, al que había querido curarse, confesarse, al que tenía que defenderse, en el médico, en el sacerdote, en el abogado que ha requerido; todos ellos obligados a proteger su secreto, pero teniendo su parte en un secreto de los demás que el resto de la Humanidad no sospecha y que hace que las novelas de aventuras más inverosímiles les parezcan verdaderas ya que en esa vida novelesca, anacrónica, el embajador es amigo del presidiario, el príncipe, con cierta libertad de modales que da la educación aristocrática y que un pequeño burgués tembloroso no tendría al salir de casa de la duquesa, se va a tratar con el apache; parte condenada de la colectividad humana, pero parte importante, de que se sospecha allí donde no está, manifiesta, insolente, impune, donde no se la adivina; que cuenta con adeptos en todas partes, entre el pueblo, en el ejército, en el templo, en el presidio, en el trono; que vive, en fin, a lo menos un gran número de ella, en intimidad acariciadora y peligrosa con los hombres de la otra raza, provocándolos, jugando con ellos a hablar de su vicio como si no fuera suyo, juego que hace fácil la ceguera o la falsedad de los otros, juego que puede prolongarse durante años hasta el día del escándalo en que esos domadores son devorados; obligados hasta entonces a ocultar su vida, a apartar sus miradas de donde quisieran detenerse, a clavarlas en aquellos de que quisieran desviarse, a cambiar el género de muchos adjetivos en su vocabulario, traba social ligera en comparación de la traba interior que su vicio, o lo que se llama impropiamente así, les impone no ya respecto de los demás, sino de sí mismos, y de suerte que a ellos mismos no les parezca un vicio. Pero algunos, más prácticos, más apresurados, que no tienen tiempo de regatear y de renunciar a la simplificación de la vida y a ése ganar tiempo que puede resultar de la cooperación, se han formado dos sociedades, la segunda de las cuales se compone exclusivamente de seres análogos a ellos.”     (“Capítulo I-Primera aparición de los hombres-mujeres, descendientes de aquellos habitantes de Sodoma que fueron perdonados por el fuego del cielo”, en Proust, Marcel: Sodoma y Gomorra.)
Si queréis más información sobre Proust y su obra:

martes, 16 de octubre de 2012

Caprice y la poesía

Y vuelvo con otra entrada que relaciona la música y lo escrito, o, más concretamente, con la poesía.
Y es que Caprice es un grupo ruso de temática neo-clásica con un buen número de canciones sacadas directamente de poemas. Aquí dejo unas cuantas:

The dole of the king's daughter, poema original de Oscar Wilde (aquí para leer el poema en español).


Princess Mee, poema original de J.R.R.Tolkien (aquí para leer el poema en inglés y español).


Twilight, fragmento del poema "Paristina" de Lord Byron.


I saw you weep, poema de Lord Byron (aquí para leer en español).